Opinión

El Eco del Barro y la Piel: Mi Encuentro con la Pola

Por: Yarime Lobo

Hay viajes que se hacen con los pies y otros que se hacen con el alma. Mi llegada a la Villa de Guaduas comenzando el mes de enero de este 2026 fue lo segundo. 

No buscaba el aire colonial de postal turística, sino el rastro de una mujer que, dos siglos después, sigue dictándonos cómo ser libres. Al caminar por sus calles, el peso de la historia se siente en la humedad del ambiente, pero es al cruzar el umbral del Museo Casa de la Poladonde el tiempo se detiene y la piel reconoce su origen.

Lo primero que te golpea los sentidos no es la grandeza arquitectónica, sino la humildad poderosa de sus materiales. Allí, las paredes no son de frío cemento ni de mármol pretencioso; son de barro, de esa tierra amasada con las manos que guarda el calor de quienes la habitaron. Al tocar esos muros, sentí el latido de la resistencia. Son paredes que respiran, que han escuchado susurros de libertad y planes de insurgencia. Sobre mi cabeza, los techos de ramas secas y paja tejida contaban otra historia: la de una arquitectura orgánica, hija de la tierra, que cobijó los sueños de una joven costurera que terminó siendo el alma de la patria.  Hay una belleza honesta en esa precariedad; es la prueba de que las grandes revoluciones no nacen en palacios, sino en casas de barro con techos que crujen con el viento.

Me adentré en las habitaciones buscando su sombra. Imaginé a Policarpa cosiendo, no solo telas, sino redes de espionaje, ocultando mensajes entre los dobladillos de los vestidos de las damas de alta alcurnia. Y entonces, llegué al patio donde su figura se vuelve eterna.

Allí estaba ella. La estatua de la Pola se erigía imponente, desafiando el olvido. Me acerqué con la curiosidad de quien busca un espejo. Me detuve a su lado y, casi por instinto, acomodé mi postura. Busqué el ángulo de su perfil, la firmeza de su mentón, esa mirada que parece ver más allá del horizonte inmediato. 

Cuando el obturador de la cámara hizo su trabajo, el tiempo colapsó.

Al revisar la imagen, el asombro me recorrió el cuerpo. No era solo una pose; era un hallazgo de identidades. En las líneas de su rostro fundido en metal y en las mías, vivas y canelas, encontré una semejanza que me erizó la piel. Era el mismo gesto de soberanía, la misma frente amplia donde se guardan las convicciones y ese rictus de quien ha decidido no callar nunca más. Me vi en ella y, por un instante, sentí que sus ojos de estatua recobraban el brillo del barro vivo.

Estar en ese santuario de barro y ramas secas me recordó que la historia no es algo que pasó, sino algo que nos habita. La Pola no murió en un patíbulo; vive en cada mujer que hoy, en 2026, se atreve a caminar con la cabeza en alto. Me fui de Guaduas llevando conmigo un poco de ese polvo de sus paredes, con la certeza de que mi rostro y el suyo son solo dos versiones de una misma lucha que aún no termina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *