Arte y cultura Opinión

El Eco de las Musicianas

Por: Yarime Lobo Baute

Tejedora de Versos

Artista/ Arquitecta/ Escritora

“A lo oscuro metí la mano  / Y a lo oscuro metí los pies  / A lo oscuro hice mi lio  / Y a lo oscuro lo desaté”.  

Ángel Viloria.

Querido César González, tu  _Baile de las Musicianas_ retumba como un acordeón que despierta la noche caribeña, y en su eco resplandece la obra de Kajuma, un relámpago que iluminó y sacudió esta tierra de guayacanes y manglares. Tu prosa, cargada de aromas a cardamomo y tierra mojada, me invita a danzar en respuesta, no para rivalizar, sino para dialogar, como una guacharaca que contesta al río en su canto, tejiendo un puente entre tu voz y la mía, entre el pincel de Kajuma y el pulso de nuestra comarca.

Hablas de Kajuma como un capitán ebrio desafiando la tormenta, y yo lo recuerdo como un juglar del Cesar, con los pies hundidos en el barro y el alma derramada en sus lienzos. Sus verdes, que tú llamas invocaciones a lo natural, eran para mí el jade de las ciénagas, el destello de un guayacán en flor bajo el sol inclemente. No era solo color, era un grito, un aullido que escapaba de la tela para recordarnos que el arte no se doblegaba ante el mercado ni las modas. 

Como escribí alguna vez, Kajuma fue un “hombre de paradojas”, un pintor que navegó entre el gozo y la tragedia, entre la parranda y la soledad, para regalarnos un universo donde lo cotidiano se volvía eterno. ¿No es eso, César, lo que nos salva? Que el artista verdadero, como dices, no muere, sino que se cuela en nuestras vidas como un verso de Escalona, como el olor del café en un amanecer de noviembre.

Tu evocación de _La flautista_ me lleva a un patio vallenato, no solo a una marquetería, sino a esas noches donde las mujeres, ninfas de antifaz, tocaban melodías que solo el alma oía. 

Kajuma, en su audacia, pintaba el sonido, como apuntas, pero también el silencio, ese hueco entre notas donde vivían los fantasmas de nuestra historia. Sus amazonas de colores feroces, de “cuerpos eléctricos” y “piernas macizas de eucaliptos”, eran nuestras mujeres caribeñas, robustas como el palo de mango, sensuales como el vaivén de una hamaca. En ellas, como en sus *Músicas* o *Mujeres en la hamaca*, había una celebración de la vida, pero también un desafío a la finitud, una danza entre la carne y el espíritu. 

Recordé, al leerte, cómo Kajuma “se fue tras la música, tras el paisaje humano de su tierra”, pintando no solo rostros, sino el alma de un pueblo que cantaba, sufría y resistía.

Cuando mencionas Eros y Thanatos, tocas el corazón de lo que somos. Kajuma, como todo poeta, bailó en esa cuerda floja entre el deseo y la muerte, entre la fiesta y el vacío. Pero déjame añadir: en sus telas había un carnaval eterno, una parranda donde la muerte no era el final, sino una invitada más, con su cayena en el pelo y su risa brava. Sus *Yuqueros* y *Quijotes*, que tú destacas, eran espejos rotos donde nos veíamos, nosotros, los que cargamos la tradición y la rebeldía de soñar. 

En *Los Quijotes*, como señalé alguna vez, Kajuma “se enfrentó a los molinos de viento de su propia existencia”, pintando no solo al caballero andante, sino al artista que luchaba contra las sombras de su tiempo. ¿No es eso el arte? Un reflejo que muestra mil verdades, ninguna absoluta.

Dices que el artista descubre el mundo, y estoy de acuerdo, pero Kajuma también lo inventaba. No solo pintaba el Caribe, lo recreaba, lo hacía más grande, más nuestro. 

Sus pinceladas, como los cuentos de mi abuela, mezclaban lo real con lo imposible, hasta que no sabías dónde empezaba uno y terminaba el otro. En su obra, como en *La negra del tambor*, había un “diálogo con lo eterno”, una manera de universalizar el calor de Valledupar, el sudor de sus gentes, el ritmo de sus tambores. 

Ese fue su poder, César, y tu texto lo abraza con la misma pasión con que él pintaba. No sé si el artista escapó de la tiranía, como preguntas, pero cada trazo de Kajuma era un acto de resistencia, una chispa que aún enciende algo en nosotros, los que observamos, los que sentimos.

Gracias, César, por recordarnos que el arte no es solo para mirar, sino para vivirlo. Aunque Kajuma ya no esté, sus musicianas siguen tocando, sus colores siguen gritando, y nosotros, hijos de esta tierra de contrastes, seguimos bailando en su eco, como quien baila un vallenato bajo un cielo estrellado, sabiendo que el arte, como la vida, es una parranda que no termina.

Related Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *