La mesa que sostiene a Colombia
Una metáfora de cómo la corrupción, la violencia y la pasividad ciudadana mantienen en equilibrio precario a nuestra democracia.
Por Enrique Antonio De Luque
Recibí una escultura como obsequio de mi amigo Iván López —quizá el ser humano más desprendido que he conocido—. Fue en un encuentro casual: él, recostado en su hamaca, escuchaba la radio con esa serenidad que lo caracteriza, cuando me dijo: “Amigo Quique, le tengo la mesa; no tiene patas que la sostengan, sino un contrapeso, y le hice unas anotaciones en el tablero de ese libro que tanto nos gusta”.
Ese objeto, que hoy descansa en el rincón de lecturas de mi casa, no es una mesa cualquiera. Es una metáfora poderosa de nuestra nación: un tablero de madera sostenido por cuatro cadenas y un contrapeso. Una representación artística que desnuda las tensiones que sostienen a Colombia, atrapada en equilibrios frágiles y condicionada por fuerzas que parecen perpetuas.
El tablero simboliza al Estado, un país con historia profunda, pero atravesada por la violencia y la intolerancia. En nuestra memoria colectiva conviven los ídolos fabricados desde el narcotráfico con los pocos héroes que han merecido reconocimientos internacionales. Y aunque la Constitución proclama un Estado social de derecho, esa promesa se disuelve en la realidad, donde solo una minoría insiste en sostener que nuestra democracia es inquebrantable.
Las cadenas que deberían brindar estabilidad, en realidad, aprisionan. La primera es la corrupción, presente en todos los sectores y tan arraigada que parece indestructible. La segunda es la violencia, legitimada por discursos políticos que justifican la eliminación del otro por pensar distinto, con criminales comunes y “de cuello blanco” que convierten la pluma en fusil.
La tercera cadena es una democracia deformada, diseñada para que gobierne una minoría. Ser elegido se convirtió en profesión rentable: delinquir sin miedo, legislar para sí mismos, y en el peor de los casos, disfrutar de cárceles de lujo, mientras las mayorías sobreviven en la miseria.
La cuarta cadena la conformamos nosotros, la ciudadanía, quienes por un plato de lentejas terminamos defendiendo a quienes nos oprimen. Celebramos victorias ajenas con la ilusión de que nuestra vida mejorará, reforzando los eslabones de nuestro propio sometimiento.
El contrapeso, por último, somos también nosotros: una ciudadanía resignada, adormecida, que acepta como inevitable lo que ocurre. Pero cuando ese contrapeso despierte y decida sacudirse, la mesa dejará de ser símbolo de sometimiento y se convertirá en el soporte real de la transformación.
Porque la metáfora de esta mesa no es un destino, sino un llamado: el recordatorio de que el cambio solo llegará cuando la mayoría, por fin, decida levantarse.


