Opinión

El plano que se rompe en silencio

Por: Yarime Lobo Baute 

Hoy, 13 de enero de 2026 —Día Mundial de Lucha contra la Depresión—, el sol del mediodía cae pesado sobre Valledupar, como si el Valle del Cacique mismo guardara luto. El viento trae el nombre de José David Martínez, estudiante de arquitectura de la Universidad del Área Andina, que eligió el vacío como último trazo. Como arquitecta de espíritu raízal —concebida donde el río Guatapurí canta y las maquetas se arman al ritmo del acordeón—, siento este dolor en las vigas de mi propia alma. José David dibujaba líneas que yo también tracé: espacios para vivir, puentes para unir, estructuras que resisten tormentas. Y sin embargo, la depresión encontró una grieta invisible en su plano interior.

La depresión no es un render poético ni un claroscuro estético. No. Es el lápiz que se astilla en la punta, la escuadra que se dobla hasta quebrarse, la maqueta que colapsa bajo su propio peso a las tres de la madrugada. Es el cabello enredado que se parte como hilos de un sueño olvidado, las encías que sangran porque el cepillo lleva semanas olvidado, el vacío que pesa en el pecho como un bloque de hormigón mal calculado. Es mirar el techo hasta que los ojos arden, olvidar parpadear, llorar en la ducha por el milagro mínimo de lavarte el pelo después de un mes. Es hacer llorar a tu familia porque creen que ya no los quieres, cuando en realidad no hay fuerzas ni para sostener una línea recta.

En arquitectura —esa disciplina que me formó, que me enseñó a ver belleza en la resistencia de los materiales— la presión es un sismo constante: críticas que cortan como láser, plazos que ahogan, maquetas que exigen noches sin sueño. Cuando la mente ya está fisurada, cualquier carga extra puede ser el punto de colapso. No culpo a la universidad; culpo al silencio que nos heredaron: “aguanta”, “echa pa’lante”, “los fuertes no piden ayuda”. Culpo a esa falsa idea de que la vulnerabilidad debilita la estructura, cuando en verdad es el refuerzo que salva vidas.

José David, desde estas montañas de Chigüachía que me cobija pero con el corazón siempre en el Cesar, te pienso. A tu familia: un abrazo fuerte como los de las parrandas vallenatas, donde el dolor se canta pero también se comparte. A tus compañeros: deténganse, miren alrededor, pregunten “¿cómo estás de verdad?” y quédense a escuchar el eco. Porque la depresión miente con voz dulce: te dice que eres carga muerta, que no hay salida, que el mundo gira mejor sin tu sombra. Pero miente, como mienten las sombras alargadas al atardecer en la Sierra Nevada.

Si hoy lograste levantar una línea aunque sea temblorosa, o simplemente respirar sin que duela el diafragma… celébralo. Es un acto de resistencia estructural. Si el vacío crece y amenaza con derrumbarte, habla. Marca la Línea 125 (o la 106 nacional para prevención del suicidio). Hay profesionales que te ayudarán a recalcular el plano, a reforzar las vigas emocionales, a construir puentes hacia la luz.

Que la partida de José David no sea un espacio en blanco en el tablero. Que sea el recordatorio de que la arquitectura de la vida necesita cimientos de empatía, vigas de escucha y refuerzos de amor antes de que el colapso sea irreversible. En esta tierra vallenata que late al son de la caja y el acordeón, sabemos que la tristeza se baila, se canta… y se cura tendiendo la mano. Construyamos, entonces, no solo edificios, sino esperanzas que resistan.

Con el alma en la regla y el corazón en el compás. 

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