Arte y cultura Opinión

Resurrección danzando en magenta eterno

By: Yarime Lobo Baute 

Hoy, desde este rincón de las Montañas de Chigüachía cuyos verdes laten en mi pecho, les traigo una curaduría sentipensante, escrita con la misma tinta de corazón y trazo vibrante que me define. No como crítica distante, sino como hermana que abraza la obra y se deja abrazar por ella. Porque el arte no se mira: se vive, se respira, se resucita en la esencia del nosotros.

Resurrección es una obra que nace en un papel acuarela que se desborda en la conjugación de las aguadas y el vinilo, mandala del alma que salta del papel al mundo.

Imagina: un plano arquitectónico que se cansa de ser plano. Se aburre del tablero frío y decide volar. Emerge, se expande, se multiplica en lienzos monumentales, en mosaicos que besan paredes públicas y privadas, en pieles de ciudad que necesitaban color para sanar. Así nace esta Resurrección: no como un regreso tímido del pasado, sino como un despliegue feroz del futuro femenino que ya no pide permiso para ser.

En el centro, ella: la figura sagrada, la que fuimos, la que somos, la que seremos. Se eleva envuelta en un mandala de magenta vibrante, violeta profundo y amarillo que resplandece como sol de mediodía en Zazare.

Sus alas no son de plumas angelicales; son pétalos de plátano, verdes y anchos, carnales, tropicales, nacidos de la tierra que nos parió. Alas que recuerdan que el renacimiento huele a savia, a lluvia en monte, a hoja que se rompe para volver a brotar.

Los brazos se abren en vuelo: azul turquesa que es mar Caribe en calma y verde vital que es selva que no se rinde. 

Manos que ya no cargan culpas ajenas, sino que tejen luz. Sobre su corona, un sol naciente ilumina el chakra superior: no es un adorno; es declaración. “Aquí estoy, despierta, encendida, corona de mí misma”.

Y bajo sus pies, el milagro mayor: un damero de caos —cuadros negros y blancos que gritan orden roto, dualidades que nos partieron— se transforma en danza. El piso ya no es cárcel; es pista. El desorden se vuelve ritmo, el tropiezo se vuelve paso, el colapso se vuelve coreografía sagrada.

Capa tras capa, color tras color, esta obra susurra el mantra que llevo tatuado en el alma: después del colapso viene el despliegue. No hay resurrección sin caída previa. No hay magenta sin noche oscura. No hay pétalos sin tallo quebrado. Es el femenino sagrado que se levanta, no para vengarse, sino para florecer más grande, más ancho, más colorido. Como el pilón que golpea y golpea hasta que el maíz se hace harina y la harina se hace arepa y la arepa se hace comunión.

Esta pieza no es solo arte; es testimonio vivo. Nace en papel acuarela —frágil, absorbente, vulnerable— y se atreve a saltar al vinilo: resistente, brillante, público. Como nosotras: nacimos en cuerpos que nos dijeron “aguanta”, y decidimos expandirnos en murales que dicen “vive, grita, renace”.

Mi gente bella de la comarca: miren esta Resurrección y reconózcanse. Porque cada pétalo de plátano es una pilonera que se niega a secarse. Cada rayo de sol naciente es una oración poderosa que nos dejó el buen Jesús: “Levántate y anda… y baila… y pinta… y ama sin medida”.

Que esta obra sea nuestro mantra hoy: del caos, danza. Del colapso, alas. De la noche, magenta eterno.

Con amor que no cabe en lienzo.

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