El Hombre Valeroso
EL CUENTO DE PEPE
Todavía en la década del treinta se tenía la costumbre que a partir de las seis de la tarde ningún ciudadano se atrevía a transitar frente al Cementerio Central de Valledupar. Era el terror a los difuntos que impedía ese tránsito y era común que el que lo hiciera tuviera visiones de personas ya desaparecidas.
Estos fenómenos ocurrieron cuando no existía la luz eléctrica, pues ésta acabó con los fantasmas en los pueblos.
Para Bartolo todo era bueno y sabroso, pues vivía bien con su mujer Agripina, quien era atenta, cariñosa y hermosa. En esos momentos contaba con cuatro hijos, todo esto enmarcado en un pueblo sabroso y apacible, donde él gozaba de muchos amigos, pues era propietario de un burro grande de color ratón llamado Mientras-monto, de muy buenos pasos, mucha fuerza y que dormía todas las noches en su patio, donde le daban maíz y pasto.
Tenía la costumbre de que todos los días a las tres de la mañana ensillaba su burro y partía para su roza en la zona de Perucho; allí una acequia pasaba por el medio y la aprovechaba para regar la tierra, producir buen bastimento, especialmente plátanos criollos, que en la tarde su mujer vendía en la puerta de la casa, así como yuca yema de huevo, que eran rapadas por su buena calidad.
En el verano o en invierno no fallaba ni un día a esas madrugadas. A esa hora su mujer le despachaba su desayuno de arepa de queso con carne esmechada y a la vez, le servía una totuma de café cerrero como le gustaba. Ese viajar todos los días a la misma hora, era visto por los vecinos que elogiaban su condición de hombre trabajador y uno de ellos Rodrigo Manuel, que había hecho la primera casa colindante con la calle del cementerio, acabando así con la tradición del miedo a los muertos.
Un día en que Rodrigo Manuel se tomó unos chirrinches, en la madrugada lo atezaron los deseos de dar del cuerpo, y como su casa no ofrecía ninguna comodidad para satisfacer necesidades de esa índole, se voló, como hacía todos los días, las tapias del cementerio, para aliviar su estómago.
Estaba en ésas y conservando el buen humor de siempre, alcanzó a ver el punto rojo del tabaco prendido de Bartolo, que pasaba como todos los días a esa hora para su roza y queriendo hacerle una chanza para probar su valor, se hizo bocina con las manos y gritó con voz ahuecada como de ultratumba: “Bartoooloooo…” Bartolo trató de dominar los nervios y seguir en su burro, pero cuando oyó por segunda vez la voz que repetía: “Bartoooloooo…”, se bajó del burro, lo dejó suelto con sus enseres de trabajo y partió a toda carrera para su casa, a donde llegó ahogándose del susto, con la cara llena de terror. Agripina se paró asustada a atenderlo y al preguntarle qué le había pasado, con los ojos desorbitados de miedo y la respiración entrecortada por la carrera, le pudo contar a Agripina, después de tomarse un vaso con agua, lo que le había ocurrido.
En vista de que la lengua la tenía empelotada, corrió Agripina y le hizo una bebida de valeriana, preocupada por el descontrol que padecía y para evitar que le fuera a producir un infarto, acudió donde su primo Jairo Becerra, para que lo llevara en su Mercedes Benz al hospital o al puesto de salud.
Finalmente, lo llevaron al puesto de salud, pero después de tomar una fuerte bebida de toronjil, se calmó un poco y pudo contar en detalle lo que finalmente le había ocurrido después de tantos años al pasar por el cementerio. Ella, que era una buena mujer, lo arrulló en sus brazos, lo acostó en sus piernas, le sobó las orejas, le dio a oler alhucema y Bay Rum Tapa Negra. Solamente cuando salió el sol pudo calmarse definitivamente e ir acompañado de su mujer y sus hijos a buscar el burro Mientras-monto, al cual el muerto había amarrado a un árbol de corazón fino, para que no se desperdigara con una burra.
Temprano se regó la bola en el pueblo de que a Bartolo le había salido un muerto y muchos que sufrían por lo mismo que Bartolo, comenzaron a comentar sobre las apariciones que habían vivido, especialmente cuando en noches de luna veían fantasmas pasar por debajo de los árboles de corazón fino y varoblanco. Se hablaba del Silvorcito, un hombre chiquito con un sombrero muy grande; de la Llorona, que era el alma en pena de una india a quien en la época de la Conquista un español le había matado a uno de sus hijos, y hasta de un negro de más de dos metros de alto, con ojos rojos de candela, que había tratado de pararlos cuando cortaban leña para ofrecerles dinero por su alma.
En fin, por muchos días el pueblo dejó de madrugar por miedo a las apariciones y eso que ese pueblo tenía fama de producir hombres muy machos. Agripina, que era muy práctica, viendo que pasaban los días y Bartolo no se levantaba a buscar los plátanos ni la yuca en la roza, donde los loros estarían volando bajito de la hartura, resolvió con buenas maneras y con inteligencia convencerlo para que aunque fuera en pleno día se acercara a la roza y que debía tener valor, porque si ese muerto lo había llamado, era quizás para darle un gran tesoro. Podía ser uno de esos viejos españoles que murieron en el pueblo que asoleaban en cuero de ganado las monedas de oro, así como las esmeraldas o las perlas, y mientras buscaban la oportunidad de regresar a España, los sorprendía la muerte: “De seguro ese muerto te quiere entregar ese tesoro y entrar al cielo, porque nadie entra al cielo si deja riquezas enterradas”. En esa forma le siguió hablando de las exigencias que tenían, pues los hijos iban creciendo y necesitaban cada día más plata para pagarles el colegio del profesor Juancho Peralta, también se estaban acercando las fiestas patronales y era bueno que tanto él como sus hijos dejaran de andar ripiú, por lo tanto tenían que comprarles vestidos nuevos, así como las botas Gaitana para que echaran vainas como todo el mundo y que hiciera el esfuerzo, porque de yuca en yuca nunca tendrían nada y por eso tenían que enfrentar al muerto que de seguridad le iba a salir de nuevo y le iba a entregar el tesoro.
Una madrugada al fin se atrevió a montarse en su burro Mientras-monto y, lleno de terror, para darse ánimo se tomó un chirrinchazo, prendió un tabaco, se banqueteó y partió con la luna clara, donde cada sombra producida por la brisa formaba apariciones que le producían terror, pero al pensar en esas monedas de oro asoleadas en cuero de ganado, le hacían tomar valor de donde no tenía, hasta que finalmente pasó por el cementerio. Ese mismo día, Rodrigo Manuel regresó al cementerio, y cuando vio a Bartolo, le notó el terror por el movimiento de la luz del tabaco que le temblaba en la boca y le volvió a gritar: “Bartooooloooo…” Y él, casi ahogándose, hizo el esfuerzo y contestó:
—En nombre de Dios todopoderoso, ¿qué querei de mi, alma en pena, qué quieres que haga?
El muerto le respondió: —Que me dei el cuuloooo…
Ante esta respuesta grosera y vulgar, Bartolo partió nuevamente a toda carrera para su casa, y al verlo Agripina en el mismo momento en que llegó, lo regañó: —Seguro que por tu cobardía dejaste perder el entierro de ese muerto, que nos ha querido ayudar.
Él, lleno de rabia, le respondió: —¡Borracho muerto el tuyo, que en vez de entierro, lo que quería era enterrármelo!

