Opinión

Dejar de dividir: el reto de una nueva etapa para Colombia

Por María Eloísa Araujo Morón

Cada cambio político representa una oportunidad para que un país se pregunte hacia dónde quiere avanzar. Sin embargo, más allá de los programas de gobierno, las reformas o las decisiones que puedan adoptarse desde las instituciones, existe un desafío que depende exclusivamente de los ciudadanos: aprender a convivir con quienes piensan diferente.

Durante los últimos años, Colombia ha vivido un ambiente de creciente polarización. Las diferencias políticas dejaron de ser simples debates de ideas para convertirse, en muchos casos, en motivo de confrontación personal. Con frecuencia, las discusiones terminan en descalificaciones, las redes sociales amplifican el odio y el diálogo es reemplazado por el ataque. Parece que olvidamos que, antes que simpatizantes de una corriente política, todos compartimos la condición de ciudadanos.

La democracia nunca ha significado pensar igual. Su verdadera fortaleza consiste en permitir que personas con visiones distintas puedan debatir, discrepar y construir acuerdos sin perder el respeto por el otro. Cuando la diferencia se convierte en enemistad, la democracia se debilita y la sociedad pierde la capacidad de encontrar soluciones colectivas.

Las posturas extremas, sin importar desde dónde se expresen, suelen tener un rasgo común: consideran que solo existe una verdad posible y que quien no la comparte debe ser desacreditado. Esa lógica termina alimentando la desconfianza, el resentimiento y la división social, mientras los problemas que realmente afectan a millones de colombianos permanecen sin resolver.

La pobreza, el desempleo, la inseguridad, la crisis ambiental, la calidad de la educación o el acceso a la salud no distinguen ideologías. Son desafíos que requieren diálogo, cooperación y voluntad para construir sobre aquello que nos une, más que insistir en aquello que nos separa.

Cada nueva etapa política debería convertirse también en una oportunidad para renovar nuestra actitud como sociedad. No se trata de renunciar a las convicciones ni de dejar de ejercer el derecho a cuestionar las decisiones públicas. Se trata de comprender que el respeto por quien piensa distinto es una condición indispensable para fortalecer la convivencia democrática.

Las redes sociales han contribuido a crear la sensación de que solo existen dos bandos irreconciliables. Sin embargo, la vida cotidiana demuestra otra realidad. En los barrios, en las universidades, en las empresas y en el campo trabajan juntos personas con ideas diferentes que, a pesar de sus desacuerdos, comparten los mismos anhelos: vivir con tranquilidad, progresar y ofrecer un mejor futuro a sus familias.

Quizá la transformación más importante que necesita Colombia no dependa únicamente de las instituciones, sino de la forma como cada uno decide actuar en su entorno. Escuchar antes de responder, verificar la información antes de compartirla, debatir con argumentos en lugar de descalificaciones y reconocer la dignidad de quien piensa distinto son pequeñas acciones que fortalecen el tejido social.

Ser empático no significa renunciar a las propias ideas. Ser tolerante tampoco implica aceptar cualquier comportamiento. Significa comprender que nadie posee el monopolio de la verdad y que las diferencias pueden convertirse en una oportunidad para aprender, enriquecer las discusiones y construir soluciones más incluyentes.

Los grandes cambios comienzan con decisiones cotidianas. Cada conversación respetuosa, cada gesto de solidaridad y cada espacio de diálogo representan una contribución silenciosa a la construcción de un mejor país.

El futuro de Colombia no dependerá únicamente de quienes ocupen los cargos de poder. También será el resultado de la manera en que los ciudadanos decidamos relacionarnos entre nosotros. Si queremos una nación más fuerte, más justa y más unida, el primer paso consiste en dejar de ver al otro como un adversario y empezar a reconocerlo como un compañero de camino.

Porque al final, el país que soñamos no se construye desde los extremos. Se construye desde el respeto, la empatía, la capacidad de escuchar y la voluntad de trabajar juntos, aun cuando las diferencias hagan parte natural de una sociedad democrática.

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