San Juan del Cesar es un pueblo hecho canción. Su gente es alegre y emprendedora; aunque su clima es cálido, diariamente es refrescado por la corriente cristalina del rio Cesar, que nace en la Sierra Nevada, lo que permite al pueblo y a sus habitantes dedicarse por completo a la ganadería y a la agricultura, compaginando sus ratos libres con duelos de versos llenos de calor, anécdotas y realidades humanas. Ese olor a pueblo solo puede respirarse en uno de los municipios más bellos de la península de La Guajira.
San Juan fue fundado el 24 de junio de 1701, por el Capitán de milicias Salvador Félix Arias Pereira. Inicialmente fue habitada por familias de origen francés, italiano, español, portugués, alemán, turco y africano, dando así paso a la raza étnica blanca, mestiza y mulata.
El pueblo, de mujeres hermosas y paisajes seductores, se prepara desde hace varios meses para las fiestas de su santo patrono, San Juan Bautista, y para la celebración de los 322 de fundación, para lo que se ha previsto una programación variada que incluye actos religiosos, culturales y deportivos.
Este año se ha organizado una programación con el propósito de rescatar las verdaderas fiestas del San Juan de ayer; desde una alborada musical en su cumpleaños hasta el reconocimiento a quienes realizaron acciones en pro de su desarrollo.
La administración municipal que preside el alcalde Álvaro José Díaz Guerra otorgará pergamino de reconocimiento a ilustres sanjuaneros y personalidades del orden departamental y nacional.
Propios y visitantes disfrutarán de la programación prevista para la gran fecha: alborada musical, misa concelebrada, concentración gallística, eventos deportivos, procesión, finalizando en el Barrio Félix Arias con un concierto musical en el que actuarán Diomedes de Jesús y Franco Argüelles, Armando Mendoza y Jhonny Gámez, Daniel Restrepo y Nico White, Saúl Lallemand y Aldair Velázquez, los Hermanos Carrillo, José Jorge y Coco Zuleta.
Definitivamente, San Juan del Cesar es una encantadora poesía irrepetible, consagrada por la magnificencia del padre Manuel Antonio Dávila Paredes e ilustrada por los versos solemnes de Darío Lacouture Acosta: “lo alegre que no estará mi pueblo, amenizando las fiestas de mi patrono…”
“Los palabreros no son jueces, árbitros o conciliadores; son intermediarios que pueden ser mediadores. Ellos son portadores de mensajes, y no actúan de oficio. El palabrero evalúa la ascendencia real o potencial sobre la familia a la cual llevará el mensaje; también considera si los conoce, o si tiene alguna afinidad, porque el palabrero tiene que ser neutral”. Así define el antropólogo Wilder Guerra Curvelo el papel que desempeña el palabrero, una persona que en el entorno de la cultura wayuu es el encargado de resolver los conflictos a través del diálogo. Las tareas de un palabrero van desde la celebración de un matrimonio, hasta el ajuste de penas por asesinato o robo. A la hora de mediar en un conflicto social o familiar, estos personajes miden la hoja de vida de los comprometidos en la situación a resolver. “Si son correctas, suelen arreglar por la vía pacífica sus problemas, o por el contrario, son personas soberbias que pueden dar una mala respuesta, incluso, ser descorteses y amenazantes con el palabrero. De esa evaluación, decide si acepta o no el caso encomendado”.
Recuperación de valores humanos
Según lo manifiesta Guerra Curvelo, los indígenas wayuu tienen sus propios valores, los cuales pueden coincidir o no con lo que hoy se considera el conjunto universal de los derechos humanos y la normatividad al respecto. “Los valores que más promueve el palabrero wayuu, y en general, los wayuu como pueblo, son la vida, la libertad y la paz”. Un principio para los hombres dedicados a este oficio ancestral es que la riqueza más grande del ser humano está en la vida, y por eso los palabreros wayuu dicen: ‘Nada es más pobre que un rico muerto’. “De manera que el hombre más limitado en recursos materiales puede encontrar la fortuna que le fue esquiva durante toda su vida. Todo se puede dar en la vida de un hombre, pero ese cambio sólo se produce si él está vivo”.
La libertad para este pueblo indígena significa que la tierra puede ser grande, amplia y extensa, pero así es para el hombre que no tiene enemigos y conflictos. Por el contrario, el planeta Tierra es muy pequeño y reducido para la persona que tiene problemas, porque no tiene libertad para andar por los caminos y siempre estará perseguido. “El hombre conflictivo, dicen los wayuu, ve la tierra reducirse a sus pies, la tierra se empequeñece. Por lo tanto, ellos definen la paz como la capacidad de poder encontrar los caminos”. De acuerdo al concepto de este investigador que ha laborado con el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), el INCORA (Instituto Colombiano de la Reforma Agraria) y el Instituto Humboldt, entre otras instituciones, la paz es el más grande de los valores de este pueblo indígena porque está entremezclado con la vida y la libertad. “La paz se entiende como la capacidad de vivir en armonía con los demás seres vivos. Por eso, decía Torox, uno de los grandes palabreros guajiros, primo del cacique José Dolores, cuando iba a proponer un arreglo explicaba: en tu corral pastan 40 caballos, porque no tener 80; tienes 200 ovejas en tus pastizales, porque no tener 400. En tus manos está la riqueza y la paz”.
Solución de conflictos Los palabreros wayuu, al igual que los jueces sajones, están obligados a conocer los casos como el derecho consuetudinario anglosajón, deben estudiar las historias de las disputas y cómo se solucionaron. Existen estilos de palabreros y arquetipos, el palabrero seductor y demasiado firme e intrigante, y el palabrero chistoso. “Quiero mencionar el caso de Francisquito Sierra, conocido como Maa’alakiish, que no ofició como palabrero todo el tiempo, sino que ocasionalmente arreglaba casos, quien siempre le hablaba a los wayuu de una de las guerras más cruentas que hubo en la frontera con Venezuela”. Entonces, Wilder recrea el caso de un pasajero wayuu que se iba a subir en un bus, discutió con el conductor por el valor del pasaje que era de un bolívar, como resultado, uno de los dos murió y las familias se ‘enzarzaron’ en una guerra sangrienta que dejó muchos muertos. Al final, cansados de tanta guerra, y gracias a la intervención de los palabreros, decidieron arreglar sus asuntos, se pagaron mutuamente todas las ofensas y salieron a relucir millones de bolívares, vacas, cabras y collares. El palabrero Francisquito Sierra decía: “Miren, si se hubiera pagado ese bolívar del pasaje se hubieran ahorrado vidas y dinero, por eso la importancia de ser pacífico y tolerante”.
Sistema normativo Manifiesta Guerra Curvelo que son los antropólogos quienes se han ocupado de estudiar los sistemas normativos de los pueblos indígenas, estableciendo su relación como organización social y política de un determinado pueblo, estableciendo su vinculación a lo que se conoce como la etnografía del habla, es decir, cuáles son los artificios retóricos que utilizan. “Los antropólogos se centran en la idea de que el lenguaje es más que un vehículo de comunicación. Es una herramienta transformadora de las relaciones sociales. Con el lenguaje construimos relaciones sociales pacificas y armoniosas, o también relaciones conflictivas, como suele pasar entre los estados”. Wilder Guerra Curvelo, quien se desempeñó como director del Observatorio del Caribe, un centro de investigación constituido por todas las universidades públicas de la región, sostiene que el palabrero es sólo una figura dentro del sistema normativo wayuu. “Están los oyentes del proceso, que son las cintas magnetofónicas, que van a escuchar en silencio y a dar fe de lo que se dijo. Nadie podrá alterar lo que dijo el palabrero, porque para eso están estas personas”.
“El hombre conflictivo, dicen los wayuu, ve la tierra reducirse a sus pies, la tierra se empequeñece. Por lo tanto, ellos definen la paz como la capacidad de poder encontrar los caminos”.
Credibilidad del palabrero
El nivel de credibilidad de los palabreros siempre ha sido diferencial, es decir, dependerá mucho de la conducta, la honradez, la eficiencia y la capacidad de retórica que posea. Siempre han existido palabreros muy prestigiosos, y otros no tanto, pero hoy en día se corren más riesgos que antes, porque muchos wayuu se han occidentalizado y perdido sus valores. “Ahora veo jóvenes palabreros que no han estudiado, que no se han formado en el tiempo y no tienen la experiencia, así tengan las ganas, pero les falta conocer”. Gracias a su experiencia académica en la elaboración de módulos sobre los derechos fundamentales de los pueblos indígenas, legislación internacional y protocolos indígenas, Guerra Curvelo cuenta con la capacidad para afirmar que “hay que estudiar el fundamento mítico de ser palabrero, cómo se formaron los clanes, cuánto se debe cobrar por una ofensa moral, entre otros aspectos; hay que entender los principios del sistema normativo y los respectivos procedimientos a utilizar”. El palabrero normalmente no es un hombre adinerado, es una persona de clase media que busca la paz. Lo que un palabrero tiene es un prestigio, honesto y trasparente. La principal enseñanza que los palabreros eayuu le dejan al mundo es todo un sistema normativo tradicional, es la importancia de la paz, de la vida y la libertad. “La solución a las disputas es por el diálogo, que estas se arreglan conversando, que podemos tener una guerra larga y prolongada, pero que finalmente terminaremos sentados para hablar”. Wilder Guerra Curvelo considera que han existido avances en el reconocimiento y la comprensión de la diversidad de los pueblos indígenas en Colombia, por eso, la gran conclusión para este investigador es que existen formas civilizadas de encontrar el camino de la paz, y que la violencia no es el camino para eso, lo que constituye la gran lección que los palabreros wayuu le entregan al mundo.
Sin pretender presumir, he tenido la fortuna de pertenecer a una de las familias más ilustres de Colombia, desde hace más de dos siglos. “Los Castro”representamos pureza y jerarquía de una raza de gente noble, consolidada en el tiempo por su bondad y grandeza. Somos emprendedores, forjadores de empresas; como hombres de trabajo hemos contribuido al desarrollo económico y político de la región.
Traté muy de cerca a Luis Carlos Castro, ser de condiciones inigualables, familiar e inquieto, le sobró tiempo para idear proyectos, era sencillo y cordial, polifacético y líder, amigo de sus amigos, era cordial, bonachón y desprevenido; así somos los Castro.
Hijo de tigre generalmente debe salir pintao, este a mi juicio es el que más se parecía a su papá Urbanito. por ello en una jerga entre amigos me atreví a colocarle el remoquete de “Él Caporal” En mis viajes de campaña por La Guajira, Magdalena y Cesar, conversábamos mucho, hablábamos de estrategia política, negocios, proyectos sociales, economía y lógico, de nuestra familia.
Maestro Rafael Escalona Martínez interpretando “El Playonero”
Con picaresca melodía el maestro Rafael Escalona, sabiamente describió en su canción “El Playonero” a un hombre de trabajo, de estampa fina, pero curtido por el sol, quien no apaciguaba el ánimo cuando había que sacar la casta en el trabajo:
“Yo soy el que sé enlazar ombe a los novillos, ombe a los novillos cimarrones que salen de la montaña a dormir en los playones”.
Allá en “El Caribe”, la hacienda de Pepe Castro, mi primo Urbano forjó su temperamento como hombre en la universidad de la vida, ganò su patrimonio a pulso, tesón heredado de esta casta, no nos arrugamos en el trabajo, somos hombres honestos y de empuje; nunca nos amilanamos, siempre echamos para adelante.
Urbanito Castro “El caporal de los Playones”
Urbanito Castro pobló inhóspitas tierras, ubicadas en las orillas del río Cesar, en las periferias del Sinaí, la hacienda del doctor Pupo, montañas virgenes pobladas de árboles de pereguetanos, campanos, guásimos, guayacanes, caracolies, puy y carretos, civilizando tierra a pulso y a hacha, sacando adelante una numerosa y próspera familia conformada por 32 retoños, hoy hombres y mujeres de bien, de quienes no encontramos una sola tacha. En muchas ocasiones sin tapujo, el primo Urbano reunía a toda su prole en el Caribe para gozar de su cariño y las travesuras de estos.
Luis Carlos no le perdió pinta; por lo menos así lo demostró, de cualquier matojo sacaba una coneja, en las incansables y fatigantes correrías políticas sacaba tiempo para el placer, tenia expandido el sentimiento por todas partes, hasta en los territorios más lejanos había anclado su barco, en todas partes dejó huellas, recuerdos de amores furtivos que nunca se fueron, perennemente permanecieron allí, no importaba la lejanía siempre que salía con su lazo las encontraba ilusionadas.
De cada rincón del departamento siempre se traía la huella de aquel amor pintada en el corazón, la misma que la del toro cuando pisa en el playòn, deja la huella en el lodo en forma de corazón.
“Yo soy Urbanito Castro, ombe el caporal, ombe el caporal de los playones, porque cuando tiro el lazo ningún toro se me esconde” : Compositor: Rafael Escalona Martínez .
Mis hijos eran aún pequeños cuando visité por primera vez la hacienda El Ceibal, donde funciona la Fundación Proyecto Tití, a una hora de distancia de Cartagena, tomando la vía La Cordialidad; esta vez fuimos un grupo mayor, en compañía del guía, recorrimos la montaña para enterarnos de primera mano de todo el gran esfuerzo que hace la Fundación para proteger al famoso y hermoso monito. El Tití cabeciblanco (Saguinus oedipus), es una especie endémica de la región Caribe de Colombia, no existe en otro lugar del mundo y está entre los primates más amenazados del planeta, en los años ochenta se vieron al borde de la extinción, se lo llevaban por miles a U.S.A para estudios biomédicos.
La tarea es titánica, primero, convencer a los finqueros de no talar los bosques, y segundo, concientizar a las personas que no cacen a los monitos, no son mascotas. Por fortuna la Hacienda El Ceibal le concedió una montaña de bosque seco tropical donde la Fundación los mantiene monitoreados, protegidos y a buen cuidado, nos contaba Félix, nuestro experimentado guía, datos curiosos de dichos monos: físicamente hembra y macho se parecen, pero la hembra es la que manda, es la líder, la que organiza al grupo y la más “cantaletera”; esta similitud la hemos padecido muchos. La hembra por lo general tiene a su cría cargada en su espalda, con ella saltan de rama en rama, y los cazadores las apetecen para venderlas al mercado negro de animales exóticos, la cuestión es que la mamá Tití se hace matar por defender a su prole, es feroz, pero ante el arma del bandido cazador, es impotente, muere y pierde a su cría.
Como buen bosque seco tropical está lleno de vegetación, hongos y frutos como el guásimo, pepo o jaboncillo y otros que hacen parte de la dieta de los monos, como el pintamono, el patica de paloma, uña de gato, tomatillo o hueva de perro.
Pudimos observar también otras especies de primates: el Capuchino y el mono Colorado o Aullador. La vaina es así: el mono Colorado es amigo del Tití, pero no gusta del Capuchino, el Capuchino persigue al Tití, pero el Tití tiene un amigo que lo protege, el mono Colorado, y el Capuchino no se mete con el Colorado quien es el más grande de todos, y el Tití el más pequeño. Entre ellos se entienden.
Uno de los árboles más grandes de la zona es el “Macondo” y su peculiar flor parece de otro planeta. La serpiente que abunda es la boa constrictor, un depredador natural de los monos, mono que, de papaya… adiós.
Felicitaciones a la Fundación Proyecto Tití, a su directora Rosamira Guillén, primatóloga y conservacionista colombiana y a todo su equipo de trabajo por este incansable esfuerzo, mi apoyo, admiración y respeto. Excelsa atención en El Ceibal de Sandra Cabarcas.
Hernán Urbina Joiro; esclarecido y excelente médico, investigador y compositor sanjuanero, se nos vino lanza en ristre en su última aparición periodística con un ensayo titulado “EN DEFENSA DEL VALLENATO”, publicado en las páginas dominicales de “El Heraldo”. De Barranquilla, Urbina Joiro hace una rabiosa y decidida defensa del inmortal poeta patillalero Octavio de Jesús Daza Daza, concretamente para reivindicar la originalidad de su polémica pieza titulada “De Rodillas”. En su momento consuelo Inés Araujo Noguera (Q.E.P.D), escribió un articulo en el cual demostró, en la vida de Octavio Daza Daza, el desafortunado desliz de plagio que tuvo el poeta con esta canción. Prácticamente el tema había quedado sepultado, porque entendimos que el error cometido por Daza Daza no debía empañar su brillante trayectoria como uno de los mas grandes poetas del país vallenato.
Pero el doctor Urbina Joiro nos trae nuevamente a colocación este espinoso tema, aduciendo razones tales como “… las palabras y las frases no son de nadie, andan por ahí en el aire…” “… no se necesitan muchas neuronas para entender que el tema “De Rodillas”, en su contexto global, es distinto de lo que quiso decir el poeta español”. Con estos argumentos pretende minimizar lo que el denomina el supuesto plagio de la canción “De Rodillas” haciendo única referencia a los versos de Becquer que se titulan, “volverán las oscuras golondrinas”. Realmente de esta rima solo se tomaron dos versos, ya que el contenido de la canción demuestra que, en su labor de confección, Daza Daza leyó todas las rimas del poeta español e hizo un trabajo ecléctico extrayendo los versos que mas le gustaban o se ajustaban a su canción. Si bien es cierto, que las palabras no son propiedad de nadie y que “andan por ahí…en el aire” es muy probable que la originalidad de un publicista no seria muy bien ponderada si debiera “inventarse” una cuña que pregone que Postobón es la “chispa de la vida”. Para evitar estos comentarios pudiera ser calificados de “subjetivos” o de estar “fuera de contexto”, deseamos demostrar con la irrefutable prueba del documento, las tentaciones de plagio en que caen algunos poetas de nuestro folclor. A continuación, presentamos, textualmente y en paralelo, dos ejemplos de esta practica poco ejemplarizante.
Después de esta lectura comparativa, fácilmente se colige que la vehemente defensa que el doctor Urbina Joiro de la obra de Octavio Daza, realmente era una autodefensa musical. Como palabras no son de nadie, es muy difícil comprobar los plagios intelectuales. Sin embargo, el lector tiene la palabra y la decisión definitiva
La empresa editorial Ibáñez, la más importante del país, tiene en revisión para posterior impresión el libro de mi autoría “Cuentos y crónicas de Escalona “El cronista Villanuevero”, doctor Hernán Baquero Bracho aceptó la fina invitación que le hice para que resumidamente ilustrara al lector respecto de la obra que en próximos días saldrá al mercado, aquí alguno de sus apartes:
El maestro Escalona es y será por siempre el más grande del Vallenato. El premio Nobel de nuestro folclor, ha sido, sin lugar a dudas, Rafael Calixto Escalona Martínez, también el padre del Festival de La Leyenda Vallenata y de nuestra música vernácula. El más grande compositor costumbrista que ha tenido nuestro folclor. El mito y la leyenda viviente de la provincia de Padilla.
Rafael Escalona retrató, como ningún otro, las historias del Magdalena Grande y buena parte del país, con sus campañas políticas, la vida estudiantil o simplemente, de lo cotidiano, en las tierras de Valledupar, o de Villanueva y La Guajira, entre amigos y amores.
Bien, aunque no es el inventor del género musical que hoy se llama “Vallenato” y que, según los especialistas, involucra cuatro ritmos: paseo, son, merengue y puya, los cuatros, con el mismo clima, aunque con diferente pulsación, sí es, y nadie lo discute, el más inspirado cultor, el más eximio de los creadores que hayan sido o los que sean de este arte mágico, incomparable; el gran cronista musical de su tierra maravillosa.
Razón tenía la heroína vallenata, la inmolada Consuelo Araujo Noguera cuando escribió: “¿Cómo explicarían los críticos y analistas que todo lo miden bajo el rigor de los academicismos, el insólito fenómeno de Rafael Escalona, quien sin conocer una sola nota de la escala musical, ni saber qué cosa era un pentagrama, ni tener la más remota idea sobre la rima, fue haciendo todo esto de modo impecable a través de sus narraciones musicales? ¿Saben acaso que él no sabía qué cosa era una cuarteta, una quitilla, una octava, una redondilla, o una décima? ¿Quién puede decir que le enseñó armonía, melodía, y ritmo para que los combinara en la forma espontánea y certera como los combinó en cada una de sus composiciones?”.
El segundo amor de Escalona, después de la “Maye”, lo encontró en Villanueva, en el barrio El Cafetal: Dina Luz Cuadrado, una hermosa doncella, que todavía se conserva bella, volvió loco de amor al maestro Escalona, hechos que sucedieron en la década de los 70. Todavía recuerdo, como si fuera ayer, las parrandas donde “Cristinita” la mamá de Dina Luz, con el acordeón de Emilianito Zuleta y las voces de Poncho Zuleta y Jorge Oñate, con los versos del viejo Poncho Cotes y los amigos parranderos, Juan Félix Daza Martínez, Alfonso Murgas y Toño Dávila, a quienes los cogía el amanecer en las noches de luna llena en esas parrandas inolvidables.
Rafael Escalona era el gran amigo, por ello le dio mucha tristeza, la muerte de su amigo y primo Juan Félix Daza Martínez. En el año 1981, le dedicó, de las tantas canciones que le hizo a Dina Luz, esta que se llamó Mariposa Bonita, donde entrelaza a sus amigos parranderos y que en parte dice así: “Le dije a Poncho Cotes en Valledupar, si aquí llega Juan Félix tirando piedra/ que ninguno le quite la razón, porque yo, porque yo sin permiso y por amor le invadí El Cafetal en Villanueva”.
La vida de Rafael Escalona Martínez, siempre estuvo ligada a Villanueva, donde tenía tantos compadres (mi padre es uno de ellos) y tantos ahijados y familiares por vía materna y sus amigos parranderos. Recordamos con este escrito, la vida y obra del artista nacional e internacional que le ha dado más gloria a la tierra de la fábula y la fantasía. Que así sea.
¿Conoces el Faro Marítimo en Punta Canoa? me preguntó José Carlos, le respondí: -dame este fin de semana y te cuento- así fue, fuimos al corregimiento de Punta Canoa, a 16 kilómetros de Cartagena, por posición geográfica esta zona es un cabo llamado Punta Canoa donde está el corregimiento que lleva su mismo nombre, bellos paisajes y grandes proyectos inmobiliarios se vislumbran allí.
El Faro de Punta Canoa es fundamental para la navegación marítima en Cartagena, tiene una altura de 14 metros, en lo alto de una montaña, su luz llega a verse hasta a 11 millas náuticas (21 kilómetros). No soy ingeniero, pero creo que está en riesgo de caerse porque alguien le socavó alrededor de la base. Avanzamos desde el pueblo en una trocha en mal estado, hay una parte llena de cráteres, cosa que me encanta para poner a prueba el sistema de tracción de la camioneta, el camino conduce a una playa solitaria, inmensa y agreste, regresamos por donde mismo ingresamos hasta el punto de acceso al faro, dicho faro es administrado por la Dirección General Marítima y Portuaria (DIMAR). Dejamos la camioneta en la trocha e ingresamos caminando unos 300 metros en ascenso, encontramos una veta de fósiles marinos de millones de años que la lluvia expuso. La zona es el típico bosque seco tropical, muchas aves y vegetación espesa. Allí, encontré una enredadera que no he podido identificar, el fruto y la hermosa flor son parecidas al maracuyá, posiblemente es una variante de la Passiflora incarnata, que es más conocida.
Al llegar al faro, queda uno maravillado con el paisaje, acantilados, playas vírgenes, una vista en 360 grados donde se ve la inmensidad del océano. Nos tomamos tiempo para contemplarlo, hasta pude imaginarme una escena de novela como en el libro: “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë, donde Cathe en una noche tormentosa cerca al acantilado, con su vestido ventoso gritaba un largo: Heathcliff, su amado, mientras el Faro de Flamborough Head competía con la luz de las centellas.
Este recorrido puede ser turístico por lo hermoso y agreste porque son evidentes las falencias en el pueblo. Espero que los turistas no se topen con el “burro grosero”, veníamos conversando sobre la experiencia que acabábamos de vivir, cuando un burro sogueado se paró frente a la camioneta, no era el típico leñero, cabizbajo, orejas caídas y triste; este era un burro altivo, con su cabeza en alto, orejas puntiagudas, brioso y en actitud arrogante, como de buscapleitos, me dije; este burro me va joder el carro…dicho y hecho, tiró como a morder, empecé a dar reversa, como estaba sogueado sabía que no tenía mucho alcance, me persiguió hasta que se dio la vuelta, se impulsó con las patas delanteras y soltó una patada fuerte, parecía un rayo y por poco parte las farolas de mi vehículo, ¡Hijueputa burro este! se cree un caballo salvaje, la verdad sea dicha y sin pena: un solo burro hizo retroceder a 250 caballos de fuerza de la Ford Bronco.
Ahora sí, José Carlos, no sólo conocí el Faro de Punta Canoa sino también al “Burro grosero”. Pese a que, me puso en correndillas, hizo graciosa la maravillosa aventura.
Era el año de 1980, cursaba el cuarto de bachillerato en el colegio De La Salle en Cartagena de Indias, primaba en los hogares la televisión a blanco y negro, si acaso un solo canal. Era la época de los videos juegos Telebolito y el Atari, y si querías ultradiversión existía la reproductora de video Sony Betamax, pero la mayoría no teníamos acceso a esa tecnología y menos viviendo yo con mis abuelos, me acuerdo que la primera vez que ví una película a color y en un Betamax fue en la casa de mi primo Juan Carlos Chaljub: “Cuando Ruge La Marabunta”, una película de 1954 protagonizada por Charlton Heston y Eleanor Parker; bueno, digo a color porque era tan antigua que veía tonos rojizos, violáceos y grises, ya eso para mí era a “color”.
Por la escasa tecnología de esos tiempos, la diversión era en la calle, donde se enamoraba, jugaba, peleaba; los primeros juegos amorosos en el “escondido”, se aprovechaba y se escondía uno con la pelaita que le gustaba; la calle era el auditorio del barrio, el que se veía una película en los teatros de la ciudad, se la contaba con pelos y señales al resto de los compañeros que estábamos muy atentos a cada palabra, sentados en el suelo.
Esperen…me elevé como el barrilete, vuelvo: cuando cursaba el cuarto de bachillerato y el profesor de español Laudelino Ramos, nos dejó la tarea de investigar sobre el escritor Albert Camus, pues no se diga más, pa´ la casa a investigar en lo único que tenía al acceso: La *Enciclopedia Ilustrada Cumbre*, cuya última reimpresión fue el año de 1959, con esa enciclopedia estudiamos todos mis hermanos.
De Alberto Camus solo unas cuantas líneas, tan atrasada la información que en la Cumbre aparecía vivo el escritor, cuando en realidad se había muerto 20 años atrás. ¡Madre Santa!, hoy son miles de páginas en internet sobre la vida y obra de Albert Camus.
Y aquí estamos, esta generación de *“Los Tiempos de la Cometa”*, como la canción de Freddy Molina Daza. Lo curioso es que algunos no tenían acceso ni a la desactualizada Enciclopedia Ilustrada Cumbre, que era lo normalito de la época y hoy son personas ilustres.
*Mi reflexión*: no importa la alta tecnología con I.A que vivas, si no hay curiosidad por investigar, aprender y realizarte como ser humano, daría igual vivir en la época de las cavernas.
Homenaje a Luis Alberto “Lucho” Gutiérrez Romero por su aporte a la música provinciana
Por: Hermes Francisco Daza
Quienes conocieron a “Lucho” Gutiérrez, creo que no alcanzaron a definirlo en su totalidad. Al parecer fue un hombre parco, cuyo mundo estuvo sometido a desentrañar del corazón de su guitarra, las melodías sublimes que endulzaron en noches de plenilunio a las doncellas de alma púrpura que se embriagaban como cuando se arrobaban en el sonido dulce del viento.
Fue el 21 de diciembre de 1931 su llegada al mundo en el entonces poblado de San Juan del Cesar sur de La Guajira, del niño Luis Alberto Gutiérrez Romero cuyos padres fueron Víctor Manuel Gutiérrez y Candelaria Romero. Fueron sus hermanos: Priscila, Dioselina, Liduvina, Laureano, Esther, Eloísa, Olga, Zenaida y Manuel de Jesús.
Parte de su niñez y adolescencia la vivió en la población de Cañaverales donde se desempeñó en labores del campo como también arriando las mulas en los trapiches o moliendas de caña en dicha región.
En su adolescencia fértil se aventura a conocer otros lares y se traslada a la población de La Jagua del Pilar donde se dedica a las labores campesinas y al cultivo del arte musical. De esta manera, hace parte de la banda de músicos de esa población direccionada por los hermanos Alonso y Alcides Lagos.
Luis Alberto “Lucho” Gutiérrez se dio a conocer a través de la música, más tarde formó parte de la banda de músicos de los hermanos Calderón en La Paz – Cesar. Pero no solo su afición fue la música, también hizo su aporte social cuando se desempeñó como corregidor de La Jagua, donde gestionó la compra de la primera planta eléctrica, e instalación de las redes de distribución de energía en cada hogar.
En su cargo de corregidor logró además la construcción del acueducto con el agua traída desde la “Sierra Montaña” hasta las viviendas. Ya eran conocidas sus aptitudes de guitarrista dada su participación en las bandas musicales de La Jagua y de La Paz como corista.
La música le abrió las puertas al amor y es así como inicia su vida pasionaria en La Jagua con Francia Saurith con quien tuvo a sus hijos Víctor Alberto y Luz Mabel. Sus flirteos amorosos siguieron vagando incesantes y se compromete con Rosa Cárdenas de cuya unión hubo un hijo, José Luis (fallecido).
Luego se conoce con Juana Esther Balcázar de cuya unión nacieron siete hijos: Ana Delia, Luis Eduardo, Rosa Marina, Wilmer Enrique, Alma Luz, Luis Alberto y Candelaria.
Luego de su periplo amoroso regresa a Cañaverales donde ocupa el cargo de corregidor y con el apoyo de varios ciudadanos como Israel Gámez, Francisca Pitre, Manolo Moscote, Isaías Gámez, Antonio Fuentes, Manuel Vuelvas, Rafael Gutiérrez entre otros se logró construir a hombro el acueducto desde el “manantial” llevando el agua a cada una de las viviendas.
En esta población conoció a Hernando Marín Lacouture con quien recorrió muchos lugares amenizando parrandas. También formó dúo con “Chiche” Badillo, Javier Gámez, Osman Bermúdez lo mismo con su amigo Hugues Martínez de Cañaverales.
En últimas decide aterrizar en San Juan del Cesar donde se desempeñó como inspector de policía y casos verbales. Su corazón sintió de nuevo el flechazo de Cupido y sentimentalmente se une con Rita Fuentes con quien no tuvo descendencia. Pero tuvo la dicha de sentir el cariño de los hijos de esta: Armando, Yolanda, Amaury y Deniris (fallecida).
Su desbocado corazón late impetuoso y hace vida hogareña con Socorro Ramírez y de esta unión nacieron Graciela y Wilman Luis. De igual manera, los hijos anteriores de Socorro como Norelis, Javier, Roberto y Edward sintieron por “Lucho” verdadero afecto de padre.
Cansado de volar, busca donde hacer su nido y forma su último hogar con Genith Cuello Mendoza con quien tuvo una hija, Rosa Benigna.
Tuvo la dicha de cultivar buenas amistades gracias a su don de gente que siempre lo caracterizó. En La Jagua dejó el recuerdo de amigos como Alonso y Alcides Lagos, Manuel Enrique Manjarrez, Sabina Mendoza Maestre, Epifanio Manjarrez, Patricia Balcázar, Rosa y Tito Lagos y Alfonso Reales entre otros.
En Cañaverales conservó amistad con Francisca “Kika” Pitre, Manolo Moscote, Israel e Isaías Gámez y Rafael Gutiérrez.
En San Juan del Cesar fue muy estimado por sus amigos como el odontólogo Urbano Bermúdez, Santos Carrascal Molina, Rafael Carrascal, el Profesor “Pelongo” Ariza Molina, Rafael Cuello, Enrique Cabas Escárraga (fallecido). Rafael Carillo Celedón, Martín Castrillo Pedrozo, Enrique Brito, Wildo Daza, Saúl Hinojosa Fernández (fallecido) y su esposa “Pina” de Hinojosa.
En Riohacha tuvo varias amistades como el exsenador Eduardo Abuchaibe Ochoa (fallecido), Ronaldo Redondo y su hermano Danger Redondo lo mismo que lo fue de Ismael Henríquez Pinedo (fallecido).
En los últimos años de su existencia se denotaba en él ese cansancio letal que deja los sinsabores de una vida trajinada, a pesar de llevar la música en el alma.
Su mediana estatura parecía ocultar sus años de padecimientos físicos. Caminaba y caminaba siempre con su guitarra en su estuche colgada del hombro izquierdo y a veces parecía que llevara sobre sus espaldas el peso de una soledad amarga.
En sus recuerdos de nostalgia le llegaba el aroma de amor adolescente cuando sus canciones verdes cristal endulzaban el oído de la amada y la luna de terciopelo blanco bañaba las calles arenosas de su San Juan querido.
Hasta que un día cualquiera, sus dedos anquilosados dejaron de rasgar las cuerdas de su guitarra, su compañera inseparable. El dulce golpe final marcaría pronto el fin de su existencia.
La guitarra enmudeció, sus arpegios sutiles como perfume a brisa de verano quedaron embrujados en un silencio de oro. Ella cuelga muda en el cuarto taciturno y dicen que de ella se dejan escapar lágrimas amargas; iguales que las guitarras que lloran cuando no sienten el calor del pecho de quien fuera su dueño que yace en la tumba fría.
Su descendencia es innumerable en cuanto al número de hijos, nietos y bisnietos que lamentan la pérdida irreparable del padre, del abuelo y del bisabuelo.
Contar mi experiencia en los territorios que sirvieron de inspiración para la obra de García Márquez, fue evocar recuerdos maravillosos como médico rural en el municipio de Majagual, departamento de Sucre, el regreso en el 2015 por esta zona, conformaron el material de mi charla.
El realismo mágico tiene un nombre, es la gran región de La Mojana Sucreña, compromete los municipios de San Marcos, Majagual, Guaranda, Achí y Sucre. Vasta zona de humedales productivos donde el cultivo de arroz es lo principal, se le considera la despensa de Colombia y bien podría ser la Mesopotamia de América, bañada por dos ríos y grandes cuerpos de agua, el río San Jorge y el río Cauca, la belleza de sus paisajes es extraordinaria.
Sólo estando en La Mojana, podríamos entender al nobel García Márquez, las cosas que pasan allí son macondianas, fuente de inspiración para cualquier obra literaria. Utilizando mis palabras describí algunos acontecimientos en el transcurso de mi año rural, el caimán que intentó devorar a un niño, el intento frustrado de la policía por matar al peligroso saurio a punta de una lluvia de plomo, la caza posterior por parte su padre, con métodos artesanales y mucha paciencia; mientras su hijo se batía la vida en el centro de salud donde yo lo atendía, o el día en que la guerrilla de las Farc intentó tomarse el pueblo a sangre y fuego y donde resultó herido de gravedad un gran amigo. La búsqueda y rescate del herido conduciendo yo la ambulancia Land Rover Santana, arriesgando mi vida, para luego evacuarlo en lancha por el Caño de la Mojana en la madrugada, fue una faena estresante. Además, ¿como olvidar cuando llegó la enfermedad del cólera a La Mojana?
Los pacientes llegaban en improvisadas ambulancias, cogían un palo largo para colgarle una hamaca al enfermo, eran horas de caminata en la manigua, el paciente era acompañado por su familia y traían gajos de cocos para hidratarlos, se podía saber de qué recóndito lugar venían, siguiendo el rastro de las conchas esparcidas por el camino. Todas esas historias y muchas más pronto dejarán de ser inéditas, pródigas de aventuras, jaguares, caimanes, fantasmas, caños, selvas y paisajes. Anécdotas que ocurren una vez en la vida, como decía el nobel: “vivir para contarlo”.
Hoy, el pueblo de Sucre es un museo viviente, la familia García Márquez crió a sus hijos allí, entre ellos a Gabo, quien salió adolescente del pueblo a continuar sus estudios. Gabriel Eligio, su padre telegrafista y homeópata del pueblo fue fuente de inspiración para muchas de sus novelas y también la cotidianidad de La Mojana, sus personajes sacados de la vida real. Uno de los acontecimientos más importantes hecho novela fue “Crónica de una muerte anunciada” hoy se pueden visitar todos estos lugares inspiradores de Gabo, de la mano del escritor, filósofo y guía de la mejor ruta garciamarquiana que conozco, el profesor Isidro Álvarez Jaraba.
Recomiendo su libro: “El País de las Aguas”.
Gracias a Diana Banquez, directora de la Librería Remedios la Bella, al grupo Penta por el regalo del último libro del escritor Nuccio Ordine, “Los hombres no son islas” y a Germán Barros por el regalo del libro “Las voces muertas” de Gerardo Ferro.