Opinión

Iguales …  pero diferentes: El dilema de la Dignidad humana. 

Por:Enrique Antonio De Luque Palencia

“No somos iguales”. Esta es una verdad indiscutible. Cada ser humano posee características y atributos particulares que así lo determinan, como resultado de su experiencia personal, formación académica, influencia cultural, referencias sociales y los círculos de amistades que lo rodean. Desde esa perspectiva, parecería imposible articularnos en una razón común, pues nuestras marcadas diferencias, sumadas al escalonamiento económico, nos ubican en posiciones desiguales dentro de la pirámide social.

Entre más dinero se acumula en las arcas de una persona, más alto se posiciona dentro de esa jerarquía existencial. De igual manera, la ubicación dentro del poder estatal también marca una distinción evidente. Desde ese lugar privilegiado, algunos actúan imponiendo diferencias, olvidando que todos compartimos la misma naturaleza humana.

Al reflexionar sobre este panorama de desigualdades, viene a mi memoria Consuelo, una mujer valiente y tenaz que solía insistir en que no podíamos ser iguales.  -No puede ser, afirmaba con convicción. -Hasta en el cielo hay jerarquías: querubines, ángeles, santos, celadores y aseadores. Y si no me cree, pregúntele a San Pedro, que es quien decide quién entra y quién no al paraíso. Con su agudeza, Consuelo nos hacía ver cómo incluso en las creencias más sagradas se reproducen estas diferencias.

Planteado de esta forma, la sociedad ha terminado por aceptar y normalizar estas distinciones, al punto de desconocer una verdad esencial: sí somos iguales en dignidad. El simple hecho de nacer bajo el mismo misterio de la vida y la muerte nos coloca en una condición común. Esta igualdad fundamental nos invita a brindarnos un trato basado en normas de convivencia, comportamiento ético y respeto mutuo. En estos principios no debería haber diferencia alguna para nadie.

Sin embargo, entre el discurso y la realidad hay un abismo. Si no me cree, basta con observar la vida cotidiana: visite un hospital, una escuela, una universidad o un restaurante. Observe con atención y saque sus propias conclusiones. Nos dicen que somos iguales, pero en la práctica, todo gira en torno al dinero y al poder. Se nos enseña que debemos escalar posiciones a cualquier costo, en lo público o en lo privado, y que el valor de una persona se mide por su riqueza o estatus. Es un juego cruel donde, tristemente, el fin justifica los medios.

Ahora bien, cuando alguien logra escalar posiciones, muchas veces surge la tentación de hacer sentir su 

Superioridad maltratando, ignorando o explotando al otro. Es como si la verdadera meta no fuera llegar, sino pisotear para remarcar aún más la diferencia.

Ante este escenario, es urgente hacer un alto en el camino y comprender, de una vez por todas, que sí somos iguales en los aspectos esenciales de la vida. La enfermedad, la muerte, el hambre y la necesidad de afecto no discriminan. Todos, sin excepción, compartimos la fragilidad de la existencia.

Desde esta tribuna, mi invitación es a entender que la única manera de salir de este mundo cada vez más insensible —donde la vida se arrebata de forma violenta o se despoja a los más necesitados para levantar palacios de lujo— es aferrarnos a la ética como tabla de salvación. Que quien trabaje tenga más, perfecto. Que quien se forme y se prepare académicamente nos dirija, excelente. Necesitamos líderes honestos, leales, responsables y respetuosos, al igual que necesitamos trabajadores no calificados, talento humano indispensable para sostener el tejido social.

Este escrito va dedicado, con afecto y admiración, a la memoria de Doña Consuelo, con quien solía disfrutar interminables discusiones sobre este tema. Ella insistía en que no podíamos ser iguales, pues —según sus sabias palabras— si así fuera, el mundo no funcionaría y hasta el Señor se resentiría.

Bajo esta premisa, somos iguales. Debemos ocupar espacios que nos permitan articularnos desde el respeto a la vida y la dignidad humana, eliminando las barreras que perpetúan la desigualdad para recibir un trato sin distinción alguna. Porque, más allá de nuestros títulos o posesiones, todos somos seres pensantes, racionales, sensibles y emocionalmente afectivos.

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