Crónicas

476 años de Valledupar, la ciudad que se escribe entre la memoria del barro y el latido de la modernidad

Por: Lida Mendoza Orozco

Aquel 6 de enero de 1550, cuando Hernando de Santana fundó la Ciudad  de los Santos Reyes de la Valle de Upar, la tierra era un cruce de caminos de polvo y de cantos de gaita que resonaban entre los algodonales. Los primeros habitantes levantaron sus casas de bahareque, abrieron una plaza donde hoy se alza la imponente tarima Francisco el Hombre y la iglesia Inmaculada Concepción, dejando una huella que aún se siente en cada esquina del centro histórico.

Hoy, al celebrar los 476 años, Valledupar se muestra como una urbe que ha sabido conservar el alma del viejo pueblo sin perder la mirada al futuro. En ese centro histórico donde antes los campesinos llegaban en sus animales de carga ofreciendo los productos del campo y los juglares pasaban llevando las noticias cantando versos, ahora se alinean cafés con wifi y murales que recuerdan a esos juglares vallenatos. 

El desarrollo ha llegado de la mano de la infraestructura. Las avenidas que antes eran vías de tierra ahora cuentan con monumentos que llaman la atención de los turistas que llegan a visitar la ciudad que con el paso de los años  se convirtió en la capital mundial del vallenato. 

Los barrios que crecieron alrededor de los antiguos potreros hoy albergan colegios con laboratorios de robótica, parques con pistas de patinaje y mercados que venden productos agroindustriales de la zona y la hoy ciudad, es bordeada por el majestuoso río Guatapurí que baja presuroso de la Sierra Nevada bañando estas fértiles tierras. Sin embargo, el progreso no ha borrado la esencia. Cada 6 de enero, la ciudad se viste de colores mientras los adultos recuerdan las historias de los abuelos que contaban cómo se celebraba el aniversario con una simple serenata y una olla de sancocho. 

Los más ancianos, sentados en las mecedoras en las terrazas de sus casas ven pasar el tiempo y observan con una sonrisa cómo la modernidad se funde con la tradición, y sus ojos reflejan la certeza de que la identidad de Valledupar no se mide en metros de asfalto, sino en la capacidad de sus habitantes para honrar sus raíces mientras construyen nuevos caminos.

En esta celebración, la ciudad muestra que los 476 años no son solo una cifra, sino el relato de un pueblo que ha sabido transformar el barro en progreso, sin perder la melodía que lo identifica. Valledupar sigue escribiendo su historia, una página a la vez, entre el eco de los tambores antiguos, de los fuelles del acordeón que se abren para enamorar con sus melodías y el zumbido de los drones que hoy sobrevuelan para dar a conocer al mundo el progreso y desarrollo de esta tierra que ha abierto sus puertas a otros que llegaron para quedarse y contribuir con su grandeza. Feliz cumpleaños, ciudad de la eterna parranda. 

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