Crónicas

Fabio Torres Molina: el sueño que quedó andando

Por. Maria Eloisa Araújo Morón

“La claridad elimina el ruido”: esa fue la frase que Fabio Torres Molina dejó escrita en su último post en redes sociales.

Una frase corta, pero poderosa. Y hoy, cuando Valledupar despide a ese hombre que hizo de los sueños una manera de vivir, sus palabras parecen adquirir un significado distinto.

Fabio se fue, pero dejó muchas cosas hablando por él.

Dejó su trabajo, sus proyectos, sus amigos, los artistas que acompañó, las empresas que construyó y, sobre todo, una historia que él mismo decidió contar en un libro: Cumplir mi sueño, mi plan favorito.

Porque si algo definió a Fabio fue precisamente eso: soñar, pero también hacer.

No tuvo un camino trazado desde el principio. A los 13 años fue expulsado del Colegio Nacional Loperena. Lo que pudo haber sido el final de una etapa terminó convirtiéndose en el comienzo de otra. Llegó al taller de artes gráficas de un tío y allí descubrió un mundo que terminaría marcando su vida: el diseño, la creatividad, la publicidad.

De aquellas primeras experiencias nació un oficio. Y de ese oficio, una empresa. Después vendrían los eventos, las campañas, la música y una relación profunda con la industria vallenata.

Así fue como aquel muchacho que alguna vez tuvo que buscar otro camino terminó convirtiéndose en “El Rector” de la publicidad en Valledupar.

Y el apodo le quedaba bien.

Porque Fabio no solamente hacía publicidad. Enseñaba, orientaba, proponía, convencía. Tenía esa capacidad de mirar una idea y encontrarle una posibilidad.

Trabajó con artistas y proyectos que hicieron parte de la transformación de la industria musical vallenata. Acompañó carreras, creó estrategias y entendió que detrás de cada artista también había una historia que contar.

Pero quizás su proyecto más personal fue escribir la suya.

En Cumplir mi sueño, mi plan favorito, Fabio convirtió sus experiencias en una especie de mapa para quienes todavía estaban buscando su propio camino.

Allí no hablaba de los sueños como algo lejano o imposible. Los entendía como proyectos. Como metas que necesitaban disciplina, planificación y trabajo. Porque para Fabio soñar era apenas el comienzo. Había que levantarse y hacerlo realidad. Y tal vez por eso resulta tan conmovedor que, incluso después de haber alcanzado tantos de sus objetivos, siguiera hablando de sueños.

Hace poco escribió que su sueño seguía siendo su plan favorito. “Y apenas estamos comenzando”.

Parecía tener todavía mucho por hacer. Más ideas. Más proyectos. Más escenarios. Más historias. Pero la vida tenía otro plan.

Hoy, Valledupar siente la ausencia de un hombre que dejó huella en la publicidad, en el vallenato y en quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo de cerca.

Queda Fátima, su hija. Quedan sus amigos. Queda su familia. Quedan sus compañeros. Quedan los artistas con los que trabajó. Queda su libro. Y quedan, también, aquellos que alguna vez lo escucharon hablar de emprendimiento, de disciplina, de trabajo y de sueños y salieron de una conversación con él pensando que también podían intentarlo.

Porque quizá ahí está la verdadera dimensión de su legado. Fabio no solamente cumplió algunos de sus sueños. También consiguió que otros se atrevieran a perseguir los propios.

Y entonces volvemos a aquella última frase: “La claridad elimina el ruido”.

Tal vez Fabio encontró esa claridad mucho antes de irse. Sabía lo que quería. Sabía por qué trabajaba. Sabía que un sueño sin acción se queda en una ilusión. Por eso hizo. Por eso insistió. Por eso construyó.

Hoy su voz se apagó. Pero no necesariamente su mensaje.

Porque mientras alguien abra las páginas de Cumplir mi sueño, mi plan favorito, mientras alguien recuerde una de sus historias o mientras otro emprendedor decida convertir una idea en realidad, habrá algo de Fabio caminando por ahí.

Quizás esa sea la mejor manera de despedirlo. No diciendo solamente que se fue un soñador. Sino recordando que dejó sus sueños andando.

Y que algunos de ellos ahora viven en quienes aprendieron de él que soñar también es una forma de comenzar.

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