Crónicas

Por: Hermes Francisco Daza

Desde el primer día en que llegó a su propio pueblo a oficiar como maestra, Mabel Esther Vega Montaño recibió el azote de la discriminación. ‘Qué puede saber la negrita de María”, supo que dijo una señora del caserío.

Y ella, la hija de la señora María, se propuso trabajar duro y parejo para demostrarle a la incredulidad de sus paisanos que sí se podía ser profesor aunque se naciera en una vereda tan apartada del mundo como El Placer, municipio de San Juan del Cesar, sur de La Guajira. Había hecho hasta tercero de primaria entre el enjambre de muchachos asustados que se aglutinaban en un solo salón para recibir las clases de una maestra que debía repartir el día entre los oficios de su casa y enseñar un ratico a los niños de primero, otro a los de segundo y otro a los de tercero, en una maratón admirable para una profesora que ni siquiera había iniciado el bachillerato. El Placer era una vereda de ocho casas de barro y techos de paja, regadas entre las lomas que están en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Mabel Esther realizó feliz los tres únicos cursos que había en El Placer. Y le costó bastante convencer a la señora María, su madre, para que la matriculara en la vereda vecina de Los Cardones, donde sí tenían el cuarto de primaria. Todavía recuerda con nostalgia las caminadas diarias que se pegaba de ida y regreso, entre pedregales y caminos polvorientos, mamándole gallo a la vida, con su bolso de trapo cosido a mano por su madre colgado del hombro y embriagada por la alegría de los otros compañeros de El Placer que también estudiaban en Los Cardones. En Los Cardones sólo había hasta cuarto elemental. Otra vez, Mabel Esther debió echar mano a su palabrerío de persuasión para que su madre la mandara a la casa de una tía en la cabecera municipal a cursar el quinto de primaria. Empacó sus trapitos en una caja de cartón que amarró con cabuya y se fue a San Juan del Cesar – La Guajira, a tratar de descubrir el mundo. Viajó en burro hasta la vereda de Los Cardones, en donde confluía la gente de las veredas vecinas a coger La Roncona, un destartalado carro que se echaba dos horas hasta San Juan del Cesar.

Tuvo que hacer un examen de admisión en la escuela Urbana de Niñas Número Uno. Nunca olvidará la mañana aquella en que se enfrentó impotente a la serie de preguntas desconocidas: no tenía ni la menor idea de cuántos grados medía una circunferencia. Las deficiencias escolares de un solo salón para albergar tres cursos al mismo tiempo, salieron a flote ese día; la bajaron a tercer año elemental. Se había ido a San Juan del Cesar con la ilusión de hacer su último año de primaria y tuvo que estudiar tres más, antes de llegar al bachillerato.

“Me tocó llenar todas las lagunas vacías”, diría después.

Se desquitó con creces el día que fue a la Normal de Señoritas a presentar el examen de admisión para ingresar a la secundaria: ocupó el primer puesto. En El Placer nunca pudieron creer que esa niña que llegaba todas las vacaciones de San Juan del Cesar, a echar cinco burros por delante hasta la Serranía de Ulago para recoger el café que su madre había comprado, sería una maestra de talla nacional.
Pero antes debió correr mucha agua en el río donde ella, de niña, solía bañarse desnuda con los demás niños del pueblo, sin ninguna malicia porque, por entonces, su vida no conocía de esas cosas. No pudo graduarse de maestra porque no llegó siquiera a contestar el test que en esa época hacían en la Normal: no tenía estatura, ni apellido, ni belleza, ni color para ser docente. “El profesor debe tener, ante todo, buena presencia”, le dijo la directora del colegio. Con la moral arrastrándose por los corredores del plantel, Mabel Vega fue hasta la secretaría del colegio a retirar sus papeles. Entonces viajó a Valledupar con la determinación de mostrarle algún día a la directora de la Normal, que Mabel Esther Vega Montaño sí podía ser profesora y de las buenas. Allá hizo un curso de Secretariado Comercial. Volvió a El Placer en 1975, con una carta que le había mandado la comunidad, en donde le pedían que regresara a trabajar al pueblo. Y no sólo recibió el azote de la discriminación desde el primer día. El marido de la maestra que estaba en El Placer, contrariado porque su mujer perdió el puesto, le hizo a Mabel Vega varios tiros al aire. Ella no se acobardó. Con sus ímpetus de novata, empezó la transformación de la Escuela Unitaria hasta convertirla en Escuela Mixta Rural.

Consiguió un anjeo para cercar el patio, pintó las paredes, abrió todos los niveles de la básica primaria, hizo venir al párroco de San Juan del Cesar para que se oficiara en El Placer la primera misa desde la creación de la vereda y consiguió el nombramiento de dos maestras a los dos años de trabajar sola. Había encontrado apenas 12 estudiantes y al poco tiempo matriculó 65 más. Todo por un primer sueldo de 1.200 pesos mensuales. La señora que la azotó con las hirientes palabras de recibimiento tuvo que recoger el látigo de su desconfianza: “Carajo, se defiende la negrita de María”, aceptó después. En 1980, Mabel pidió traslado para El Machín, una vereda que queda a cinco horas a pie de su casa, cuya escuela llevaba dos años cerrada. Al año siguiente se fue para Piloncito, otra vereda cercana, donde tuvo que luchar contra la creciente del río que se llevaba los pupitres. Allá encontró el amor de su vida: Hilbio José Montaño, un cultivador de la tierra que se convirtió en la otra mitad de su ser y con quien tiene dos hijas. En 1.982 pudo alcanzar por fin su añorado tesoro: recibió el título de Bachiller Pedagógico en la Normal de Señoritas de San Juan del Cesar. A los nueve años de estar en Piloncito debió regresar a El Placer porque habían cerrado la escuela por falta de maestros. Encontró el pequeño plantel en ruinas. Lo volvió a levantar con su entusiasmo de siempre, consiguió que la tapiaran, sembró cuantos árboles frutales encontró y en la huerta de la escuela la comunidad recoge col, berenjena, fríjol y las hortalizas inimaginables en un caserío que antes estaba sin doliente. Dios tenía que premiar tanta entrega y constancia: el Ministerio de Educación Nacional le otorgó un premio de diez millones de pesos a la Escuela Rural Mixta de El Placer, en un concurso en el que participaron las escuelas de 28 veredas del Núcleo 24A, con sede en el corregimiento de El Totumo y entre los maestros de este núcleo, el Ministerio escogió a la mejor educadora, Mabel Esther se ganó 600 mil pesos para ella y le regaló 100 mil a la compañera que consiguió que le nombraran ese año, la bella Ingrid Plata.
Un carácter tan progresista como el de Mabel no se quedaba ahí. Terminó sus estudios de Educación Infantil en la sede que la Universidad de Sincelejo tenía en Villanueva- La Guajira, ella sabe que los logros no vienen solos, hay que buscarlos y tuvo la oportunidad de graduarse de nuevo, demostrando que puede obtener todo lo que se propone, contra la voluntad incluso de la discriminación de quienes no creen en bajitos, negros, feos y sin alcurnia.

Mabel Esther Vega Montaño ha conseguido grandes distinciones a lo largo de su vida, entre las cuales están: Mujer Útil a la Sociedad, otorgado por la comunidad de Piloncito en 1996; el título de Mujer Artesana por el Fondo Mixto de Las Artes y la Cultura de La Guajira en 2001; el Mérito Cívico del Club de Leones Monarca de San Juan del Cesar – La Guajira; y uno de los más importantes fue haber recibido el galardón de Mujer Cafam Guajira en el 2005 en Bogotá.

Crónicas

 Por: Hermes Francisco Daza

Eran los más asiduos visitantes del redondel de la virgencita para las tertulias de la vespertina. No iban todos a la vez, pero siempre había quórum para comentar las vivencias del pueblo. No todos son contemporáneos porque cada uno se fue acercando a la cofradía según su momento. Se fueron sumando a esta bella historia de hermandad que data de mediados de los años cincuenta del siglo pasado. Como en toda lista que se respete quedaron faltando algunos, estamos seguros, pero nos sabrán disculpar los fallos de la memoria.
Ellos fueron José Agustín ‘Gute’ Brito Gámez, Fernando del Pilar ‘Nando’ Díaz Farías, Juan Félix Estrada Carrillo, Pedro ‘Pello’ Estrada Carrillo, Pedro Manuel Brito Gámez, Victorino Brito Brito, Rafael Brito Fuentes, Pedro Mejía Gámez, Segundo Mendoza Orozco, José Alberto ‘El Manco’ Fuentes Romero, Enrique Daza Meza, Rafael  ‘Burbai’ Daza Gámez, Julio Reyes Celedón, Julio Orozco Brito, Juancho Celedón Fernández, Gustavo ‘Chombe’ Daza Meza, Rafael ‘Chofer’ Salinas Peñaranda, Francisco ‘Pijico’ Peñaranda Carrillo, Tomasito Pontón Capriles y Ernesto Sarmiento Afanador.


Anécdota de Pijico.

“Pijico”

Esta pequeña historia muestra el arraigo que tenía en el alma del pueblo sanjuanero la reunión de la Virgencita.

Cuando ‘Pijico’ estaba enfermo, en la última etapa de su vida, varias veces fue hospitalizado en el viejo hospital San Rafael de la calle de las Flores. En una de esas recaídas sucedió lo inesperado y gracioso. En esa ocasión, después de varios días de permanecer en el centro asistencial, su mejoramiento fue ostensible y por eso le permitieron caminar por los pasillos del hospital.
Resulta que en un descuido del personal médico, se salió subrepticiamente y se fue en pijama para la Virgencita. Los médicos de momento no notaron su ausencia, pero con el paso de las horas se formó un revuelo de padre y señor mío. Lo buscaban y no aparecía.
 Un transeúnte que pasaba por el hospital al ver el revuelo de las enfermeras les comentó que el enfermo fugitivo estaba muy tranquilo en la Virgencita oyendo los chistes de la concurrencia.
Del hospital fueron y se lo trajeron. Naturalmente, le pidieron explicación por su escapada. ‘Pijico’, con su media lengua y su carita llena de picardía les respondió: “Sólo era un ratico”. Al día siguiente le dieron de alta.


La virgencita y el compositor

Roberto Calderón Cujia, compositor.

El monumento a la virgencita vive en el imaginario colectivo de los sanjuaneros. La virgen del Carmen, desde su pedestal en la calle del Embudo, comparte con nuestro patrono San Juan Bautista, el honor de ser los santos protectores de nuestras vidas, la luz espiritual que ilumina el camino.
Siendo San Juan del Cesar, tierra de compositores, no es de extrañar que la Virgencita aparezca en sus versos sentidos.
El afamado compositor sanjuanero, Roberto Calderón Cujia, hace referencia a ella en el paseo que se llama ‘Me quito el nombre’, interpretado por Silvio Brito, que en uno de sus apartes dice:


 Destrozado me fui
pal pueblo mío
con el fin de olvidar
tu risa linda
y apenas vi la Virgencita
solté el requiebro
y no me aguanté
ay, porque con ella te comparé.

Punto de Referencia:
En aquellos tiempos lejanos, cuando la carretera nueva que pasa por el parque de Las Delicias en San Juan del Cesar no existía, cuando los vehículos que venían de los pueblos del sur para dirigirse hacia las poblaciones del norte de La Guajira se veían obligados a transitar por la vieja carretera que atraviesa a San Juan del Cesar por la carrera sexta, cuando todo eso sucedía, repito, entonces aparecía la Virgencita para ayudar.

Silvio Brito, cantante de música vallenata.

Acontecía con algunos conductores que no conocían el camino o sencillamente estaban despistados, que se acercaban cautelosamente al mercado público, que era la zona de más ebullición en el San Juan de la época. Los conductores sacaban la cabeza por la ventanilla del vehículo y preguntaban:
¡Oiga!, ¿Por dónde es la salida pa´ Maicao? Entonces, cualquier vecino dispuesto a responder, le decía:
¡Siga derecho, cuando llegue a la Virgencita, doble a la derecha y dele pa´rriba, no hay pierde!
A nivel local también es común escuchar las expresiones: Antes de la Virgencita; Después de la Virgencita.
Así cumple la virgen del Carmen, desde los primeros tiempos, su misión de orientar a los feligreses.

La Virgencita como oráculo
Todos los años, religiosamente, los 8 de diciembre, la vecindad se levanta en la madrugada a alistarse para poder asistir sin falta a la misa que se ofrece en la Virgencita, a las 5 de la mañana. Viene el padre de la iglesia San Juan Bautista, y en un bonito ceremonial, agradece a la Virgen del Carmen todos los favores recibidos y nos encomienda para una vida futura sin tropiezos.
Se conmemora desde los años 50 del siglo pasado cuando Rafael Lacouture Celedón en agradecimiento a la Virgen le construyó un monumento en plena calle del Embudo.

Rosa Corrales Molina.

La tradición oral ha mantenido fresca la historia hasta nuestros días. Contaba la difunta Rosa Corrales Molina, y tenía porqué saberlo, ya que trabajó 45 años en la casa del matrimonio de Rafael Lacouture Celedón y Ana Dolores Sánchez, que, andando de noche por los caminos de Badillo en su carro, Rafael Lacouture sufrió un accidente en un puente y cayó abajo.
Cuando recuperó la consciencia, en medio de la oscuridad, se percató que no se podía mover. Haciendo memoria recordó que había sufrido un accidente, pero de inmediato se propuso guardar la calma, no desesperarse. En medio del silencio y la soledad se acordó que en la cartera tenía una estampita de la virgen del Carmen. La sacó y se encomendó a ella con fervor. En ese trance esperó que amaneciera.
 

Así es la Virgencita, la reina del pueblo sanjuanero, la vigilante insomne de nuestro destino.

Arte y cultura Crónicas

Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Hace muchos años en la canción ‘Ausencia sentimental’ el compositor Rafael Manjarréz Mendoza, lleno de la más absoluta nostalgia por no poder estar presente en el Festival de la Leyenda Vallenata, preguntó sí el palo de mango estaba en la plaza igual, y la respuesta fue afirmativa.

Y lo mejor de todo es que hace 85 años, 7 de agosto de 1937, el ganadero y agricultor vallenato Eloy Quintero Baute, por iniciativa propia y unido a sus amigos Luís Suárez González, Tránsito Estrada Barreto, Braulio Nieves Sánchez, Rafael Córdoba Guillén y Antonio Caballero, decidió sembrar tres palos de mango en la plaza Alfonso López de Valledupar.

Las especies frutales fueron traídas de la finca ‘Bélgica’, ubicada en el camino viejo que conduce a La Paz, Cesar, pero con el paso de los días, y a pesar de la dedicación, pegó uno solo y a ese le pusieron todo el empeño para que creciera sin ningún contratiempo.

El cuidado del pequeño árbol consistió en echarle abono-estiércol de chivo, caliza y cisco de madera, y regarlo con agua diariamente, tarea que se turnaba el grupo de amigos; con el paso del tiempo lo vieron robustecerse, hasta alcanzar hoy tres metros de grosor y 20 de altura, aproximadamente.

El palo de mango se la ha pasado creciendo, dando frutos y, en ese lugar de la plaza, ha servido durante muchos años como punto de referencia a quienes se ponen citas de negocios, encuentros amorosos, lugar de tertulias y fue por años el termómetro para los grandes personajes de la vida pública colombiana, cuando en las campañas políticas medían fuerzas. Si la manifestación llegaba o pasaba del palo de mango, así se medía el grado de aceptación.

Testigo del Festival Vallenato

Este famoso árbol marcó la pauta durante 36 versiones del Festival de la Leyenda Vallenata (1968 a 2003), y fue testigo de la coronación de muchos ganadores en sus distintas categorías. En ese sentido las notas de los acordeones también lo alimentaron.

De igual manera, Consuelo Araujonoguera dijo en su momento. “Si el palo de mango hablara, tendría que empezar a contar las lágrimas que hemos derramado, las iras que he cogido, las injusticias que han cometido, los insultos que nos han proferido; pero también, el palo de mango terminaría cantando ‘El amor, amor’, para decirles a todos que el Festival de la Leyenda Vallenata es una institución, que gracias a Dios ya está consolidada, que es como un tren al que hay que prenderle la máquina y camina solo, y que además representa la más grande unidad, la fraternidad y la convivencia de un país cansado de duelos y afónico de largos llantos”.

La mejor serenata

El palo de mango es el único del mundo que hace 10 años con motivo de su cumpleaños recibió una serenata que tuvo resonancia nacional e internacional. La serenata fue promovida por la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata estando a cargo del Rey Vallenato Fernando Rangel Molina, y los verseadores Andrés Beleño y José Félix Ariza.

Con acordeón, caja, guacharaca y unos versos se le agradeció por haber sido testigo de las más grandes batallas musicales, esas que libraron los juglares nacidos en el corazón de Macondo y que tuvieron la sapiencia precisa para cantarle al mundo:

Ay debajo del palo e’ mango
donde yo quiero abrazarte,
y al oído preguntarte
¿negra qué te está pasando?

Son 85 años que el palo de mango lleva adornando la plaza más importante de Valledupar. Ese palo creció como cualquier otro, pero con el paso del tiempo ha sido la insignia de una ciudad que se acostumbró desde la tarima Francisco El Hombre a darle serenatas con acordeón, que lo tiene como sitio de encuentro, de referencia y donde los amores han tenido su epicentro provocando las primeras frases llenas del más bello sentimiento al compás de besos y caricias.

Las historias de amores son más dulces que los propios frutos del famoso árbol. Precisamente Erasmo Díaz, cuenta que citó en el palo de mango una noche de mediados de septiembre de hace 20 años a una encantadora joven. “Era mi primer encuentro con Ana, quien hoy es mi compañera. Sentados a un costado del famoso palo de mango le solté mi repertorio sentimental y le di el primer beso. Eso nunca se me olvida porque desde ese momento arrancó la historia de los dos”.

Los ojos se le iluminaron haciendo posible que fuera la prueba fehaciente de que el sentimiento hace milagros cuando dos seres se ponen de acuerdo en lo fundamental que es el amor, al lado de la sombra de un árbol que fue testigo del inicio de una relación que hoy tiene varios retoños.

El mejor cuidandero

Después que el palo de mango tuvo reconocimiento nacional, que los aires de los acordeones pasaron por sus ramas y que a su alrededor muchas personas arreglaron su mundo a golpe de palabras, le llegaron sus males y comenzó a deteriorarse al afectarlo algunas plagas.

Entonces apareció el periodista Crispín Eduardo Rodríguez Pinedo, creando la Asociación Protectora del Palo de Mango, cuya intención básica era que tuviera el mantenimiento adecuado y las autoridades le prestaran la atención requerida, como sucedió hace algunos años cuando estuvo a punto de morir.

“Siempre fui contertulio en el palo de mango. De esta manera me hice el propósito de conocer su historia, averiguar por su suerte y crear la asociación que en corto tiempo arrojó buenos resultados, especialmente cuando el palo se cundió de varias plagas. Tocó movernos, se consiguió el mantenimiento, el cuido adecuado y se repuso en menos de lo esperábamos. Ahora, no se está secando; está bien y naturalmente se le nota el paso de los años, pero no es para alarmarse, sigue firme y dando la mejor sombra”, indicó el periodista Crispín Eduardo Rodríguez.

La brisa continúa meciendo las ramas del famoso palo que con su verdor y cargado de frutos ve pasar los segundos, minutos, las horas, y sigue de pie desde aquella vez cuando Eloy Quintero Baute y seis jóvenes vallenatos decidieron ponerlo a crecer y brindarle los cuidados que se requieren para llegar a sumar 85 años de gloria.

Los vallenatos sombrean
pidiendo a cada momento,
que tus hojas no se vean
marchitadas por el tiempo.

Crónicas

Por: Hermes Francisco Daza


Su caudal es débil pero constante, se abre espacio entre enormes rocas generando una figura esbelta por medio de la naturaleza. Ese es el río Cesar, que nace en la Sierra Nevada de Santa Marta, y que tiene vitalidad sobre aguas cristalinas, como lo describió el compositor Hernando Marín Lacouture en su canción “Sanjuanerita”.


La poesía de grandes exponentes de la música vallenata no brotaba por sí sola, las inspiraciones que nacieron sobre la corriente del río Cesar, son grandes clásicos como “La creciente del Cesar”, del maestro Rafael Calixto Escalona Martínez”.
El río Cesar recorre 280 kilómetros entre los departamentos de La Guajira y Cesar hasta su desembocadura en el complejo cenagoso de Zapatosa. Es considerado un río rebelde porque recorre en sentido contrario porque baja desde el norte y muere hacia el sur.  
Son 11 municipios que comprenden la cuenca del río Cesar. En la Guajira atraviesa a San Juan del Cesar, Villanueva, Urumita y La Jagua del Pilar; y en el Cesar ocupa parte de Valledupar, San Diego, La Paz, El Paso, Astrea, Chimichagua y Chiriguaná.
Cuando me detengo a pensar en el río Cesar se me viene a la mente mucha tranquilidad, belleza, esplendor y una vista hermosa de este gran regalo que nos ha brindado Dios para maravillarnos. Pero también, al pensar en él, me da mucha nostalgia.


Sus corrientes cristalinas de agua pura, ya no son las mismas de antes, porque las hemos contaminado tanto que ya han cambiado totalmente. Su vegetación está destruida, sus senderos sucios y cada vez hay menos reservas naturales en él. Nuestra propia cultura se ha encargado de destruirlo sin pensar en las consecuencias que trae para nuestro futuro no muy lejano.
Pero aún hay esperanza, por lo menos en mí. Sé que podemos empezar el cambio cuidándolo como se merece.  Cada vez que lo visitemos dejémoslo en buen estado así como él intenta recibimos a nosotros, dejemos de ser egoístas pensando siempre en nosotros mismos y recordemos que el río también necesita de nuestro cuidado. No lo contaminemos porque la más mínima basurita que tiramos a su suelo se va acumulando hasta convertirse en un montón, y es desde ese momento en el que empieza la gran contaminación, que está acabando con el río, hasta tal punto que ya se pueden notar que sus aguas están llenas de plástico y papel y aún así no hacemos nada para limpiarlo.  


Enseñemos a las nuevas generaciones la importancia de nuestro río Cesar, que es nuestro más preciado e importante patrimonio. Dejemos de pensar en nosotros mismos y demos su propio espacio a la naturaleza, pues ella también lo necesita, cuidemos sus árboles, sus flores, sus animales, pues todo esto es lo que lo hace realmente bello, más no una cantidad de vidrios rotos y bolsas entre sus piedras.
Sé que muchos también extrañan ese río, pero no hacen nada porque piensan que su pequeña ayuda no funcionará, pero ¡ey! si la contaminación crece tan desmedidamente desde que una sola persona empieza a arrojar basura ¿cómo no puede esta causa mejorarlo, si podemos ser más fuerte? si cada uno empieza a dar ejemplo podremos lograr que más personas se concienticen del daño y empiecen a mejorarlo también. Si se puede lograr, el cambio empieza en nosotros mismos.


No soy el único que ha visto el daño y mucho menos el único que quiere mejorarlo, sé que si empezamos el cambio podremos llegar a mejorar nuestra cultura y volver a tener ese rio Cesar tan puro, hermoso y lleno de esplendor que tanto hemos deteriorado.


“El Cesar con su agua bendita
baja llenando de vida a mi tierra linda quizás
y mis paisanos entre sonrisas enseguida le dan
la bienvenida a todo el que nos visita
mi tierra es tierra de alegrías”.
Ayudémoslo, así como él nos ha brindado tanto a nosotros, es hora de que lo ayudemos a él
y así volveremos a tener el precioso río Cesar que tanto queremos y extrañamos. “Todos por el río Cesar”.

Crónicas Destinos

Por: Lida Mendoza Orozco

A escasos cuatro kilómetros de Valledupar se encuentra un pulmón verde propicio para disfrutar de la tranquilidad que ofrece la naturaleza, un bosque seco tropical con flora y fauna diversa. Se trata de la reserva natural “Para ver la Esperanza”, un lugar con más de 40 años de conservación.
Es imposible llegar y no sumergirse en sus paisajes, alzar la vista para divisar la altitud de los árboles y sus follajes, para escuchar el canto de las aves o permanecer silenciosos en busca de encontrar la variedad de animales que allí habitan como los monos, osos o serpientes.


Algo que llama la atención al llegar al lugar es que esta reserva tiene varios senderos, uno de ellos, el “Leandro Diaz”, en homenaje al destacado juglar vallenato, ciego de nacimiento. Este caminito ha sido habilitado para que personas con discapacidad visual puedan recorrerlo y disfrutarlo, convirtiéndose en una de las primeras reservas con el factor de inclusión en el país. “ Gracias al programa Riqueza Natural de USAID que apoyó en la adecuación, construcción y acompañamiento técnico para la construcción del primer sendero de turismo inclusivo y sensitivo. Está acondicionado con una línea de vida y códigos QR a través del cual las personas pueden captar en su celular y escuchar los sonidos de la naturaleza o la descripción del lugar que está visitando”, me contó Lily Mendoza, una de las propietarias de la reserva.


Son 379 hectáreas para respirar aire puro, tener contacto cercano y conocer un bosque seco tropical.
La experiencia de visitarla por primera vez fue única, los invitados a esta jornada recorrieron el lugar con los ojos vendados, “poniéndose en los zapatos” de un discapacitado visual, para apreciar la belleza del lugar “con otros ojos, con los ojos del alma como Leandro Diaz”.
Aunque quise disfrutar de ese especial ejercicio al que fuimos invitados, mi labor como periodista me lo impidió, tenía que estar atenta a realizar entrevistas, tomar fotografías, hacer videos, así que opté por seguirlos y convertirme en observadora, aunque de vez en cuando aproveché por unos minutos para cerrar y alzar los ojos al cielo para agradecer a Dios por darme la vista.
La actividad sirvió no solo para conocer y disfrutar este lugar sino para reencontrarme con amigos, para quienes este recorrido fue todo un reto, allí compartí con mi amiga July López, ingeniera de la Secretaría de Ambiente del Departamento; al terminar la caminata, un poco cansada, me pudo describir lo que había sentido, cuando comenzó a contarme le ví el brillo en sus ojos, estaba extasiada:

“No fue fácil tener los ojos vendados y caminar y sentir, porque se vuelve un tema de sentimiento más que de ver o de observar o apreciar el entorno con limitaciones porque no podemos ver pero si podemos sentir, respirar, escuchar los sonidos de las aves, de los animales existentes. Valoro mucho esas limitaciones que tienen esas personas, fue una sensación única muy bonita”.


Me sentí feliz de volver a encontrarme con Albeiro Castro, un amigo con limitación visual con quien compartí aula en el Diplomado de Turismo que hicimos gracias a Upar Sistem y Usaid. Creo que entre todos nosotros, Albeiro fue uno de los más contentos, “Me sentí feliz de participar en esta experiencia, porque pude disfrutar la tranquilidad que nos brinda la naturaleza, que no tenemos en la ciudad donde hay mucho ruido que nos distrae”.
Al terminar el recorrido, los asistentes tuvimos la oportunidad de intercambiar experiencias con los miembros de la familia Mendoza Vargas en cabeza de la matrona Lilia Vargas de Mendoza, con César, su hermana Lily y la pequeña Antonella. Las conversaciones fluían y cada uno quiso contar sus emociones mientras degustábamos agua de coco, café, tutifruti o una típica arepa de queso rellena con carne molida.


A medio día terminó la jornada ecológica, nos reunimos a organizarnos para las fotos del recuerdo, pero para el regreso a los buses nos esperaba una sorpresa más, recorrimos el sendero “Rayito de Sol”, un camino serpenteante y escarpado, con buena sombra, allí se colaban tímidos rayitos del astro rey y se escuchaba el paso de las iguanas; yo estuve muy pendiente del camino mirando y auscultando el terreno, es que ya había tenido una experiencia dura, porque en alguna ocasión, visitando una reserva forestal, a causa del difícil acceso en un camino lleno de muchas piedras filosas, se me dañaron mis tenis, a pesar de ser relativamente nuevos, mis zapatos quedaron sin suela y me tocó terminar el recorrido de regreso, en calcetines y esta vez, no quería que me pasara lo mismo, así que fui muy cuidadosa.

El recorrido por “ Rayito de Sol” lo hicimos un grupo pequeño “en fila india” y aprovechamos para bromear un rato, algunos amenazaban con la aparición de animales salvajes, otros nos reíamos mientras los últimos de la fila exclamaban al unísono: “ Estamos perdidos, no escuchamos al otro personal que salió primero, no se escucha el ruido de los carros”, mientras quienes encabezaban el recorrido lograban ver el claro de sol que daba fin al sendero. Subimos a los buses y emprendimos el regreso a Valledupar, plenos de gratitud y felicidad, dispuestos a promover este lugar para que muchas más personas puedan vivir esta grata experiencia .

Crónicas Destinos

Por Eduardo Pertuz.

No exagero, desde que uno toma el ramal destapado de 11 kilómetros hasta el mismo pueblo, son paisajes hermosos. A San Joaquín lo aventaja que está al lado del Cerro del Capira, el inicio de los Montes de Maria, este corregimiento no llega a 300 casas, pero tiene un potencial enorme para el desarrollo turístico, esto se puede evidenciar al recorrer descalzo parte del refrescante arroyo Songó, que bordea el pueblo. En su trayectoria hay enormes árboles centenarios y formaciones geológicas como rocas sedimentarias que hablan de un pasado tumultuoso.
A El “Cerro del Capira” quieren convertirlo en un Parque Nacional Natural, lo han solicitado pero hace años están esperando respuesta; dicho cerro es el refugio de venados, monos colorados, monos tití, zorrillos, ardillas, oso cola de caballo y tigrillos, entre otros sin contar con las innumerables aves.


San Joaquín fue fundado por Ezequiel Martelo Pimienta, hace un poco más de cien años. Tuvimos la oportunidad entrevistar a su nieto Mario Martelo Herrera, curtido personaje de 95 años, quien entre risas nos contó que “su mujer le salió floja, porque apenas le parió 12 hijos.” Don Mario estando joven salía con diez burros cargados de yuca, plátano, palma y arroz, tomando al antiguo camino para Calamar que era en ese momento la metrópolis, el ferrocarril en su apogeo; y de regreso traía en sus burros sal, carne, a.c.p.m y aceite.
Grata sorpresa ver en las calles del pueblo unas casas con fachadas hermosamente decoradas, con murales muy pintorescos; por cierto, las únicas calles pavimentadas son obra de ellos mismos, entre todos se colaboran; muy berracos.
Como una “obra del Estado”, están terminado lo que será un centro de salud. San Joaquín tiene una sola ambulancia que fue donada por Alejandro Gaviria cuando fue Ministro de Salud, ojalá no se les dañe.
El pueblo es famoso por sus versos en décimas, sus decimeros destacados son Alfredo Martelo Escobar y su hermano( ya fallecido), Alejandro Martelo; la décima es un tipo de estrofa que solo existe en el idioma español, que tiene diez versos y fue inventada en España 1591 por el escritor, sacerdote y poeta Vicente Espinel, mismo que le puso la sexta cuerda a lo que sería la guitarra española.

Mis agradecimientos a William Yepes Polonia, Javier Martelo y todos los que colaboraron para este propósito. Nos recibieron con bollos de mazorca recién hechos, calienticos, queso costeño de la casa y suero, aprendí una virtud del suero: “lo que no compone el suero, no lo compone nada”, le da sabor a todo.

¡Que viva el suero no me joñe!


Visiten San Joaquín, tierra de paz, alegría, bellos paisajes y gente linda.

Crónicas Deportes

Finalizaron los XIX Juegos Bolivarianos en la calurosa ciudad de Valledupar, la ciudad de los reyes, del fuego abrazador y de las poesías convertidas en himnos y canciones.

Por Wilfrido Franco García
COC – ACORD

Cualquier adiós parte el alma. Nos tenemos que ir ya, de la capital cesarense. Los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos agonizan, como el recuerdo claro de una tarde de soles abrazada por la penumbra de la nostalgia. Hay que decir adiós a otra aventura que nos llevó a las tierras del norte de Colombia, casi al mayor extremo de todo el Sur de América, cerca de la península de La Guajira. Colombia, como era de esperarse, se quedó con el título general de las justas (tercero en su historial) donde combatió con diez naciones más, que siempre buscaron el oro, la plata y el bronce de un evento que nació para rendirle un homenaje deportivo y constante al caraqueño Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, el que llaman por estos lares, ‘libertador’. Puede ser cierto, puede no ser.
Colombia se impuso en casi todos los deportes, en casi todos los eventos, aunque por ejemplo, en el Remo, disciplina que se cumplió en Chimichagua, concretamente en la Ciénaga de Zapatosa, los nuestros apenas están iniciando un ciclo competitivo. Fue un deporte para chilenos, paraguayos y peruanos, donde la tricolor dio pelea. Seguiremos buscando entre los tesos piragüeros del río de La Magdalena o del brioso Baudó, para encontrar más remeros. Los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos sirvieron a todos los equipos que se hicieron presentes, como plataforma de lanzamiento y preparación para todo el ciclo olímpico que culmina en París 2024. Se puede soñar en grande, muy pocos serán los elegidos, pero a la vuelta de dos años en territorio galo, nos encontraremos con la panacea verdadera de los Juegos Olímpicos.

Al son de los juglares

Francisco El Hombre, Emiliano Zuleta Baquero, Pacho Rada, Lorenzo Morales, ‘Chico’ Bolaño, Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Calixto Ochoa, Luis Enrique ‘El Pollo’ Martínez y Juancho Polo, son los más grandes juglares del folclore vallenato. Tipos ingeniosos y rápidos, que lo mismo podían componer versos y canciones, tocar acordeón y cantar, todo al mismo tiempo y sin darle esperas a la armonía y a la total fantasía. Hombres que edificaron las leyendas de la música que recorre los valles y los ríos del norte y centro de Colombia, de los llanos orientales venezolanos, de los rumbos y mesetas de Centroamérica o de ‘Los Andes’ de Sur América y buscan adentrarse en todo el concierto internacional. Al fin y al cabo, la UNESCO declaró a la música vallenata como “patrimonio inmaterial de la humanidad” y el reconocimiento es mucho más que un acierto.
Acá en Valledupar, la ciudad de la habitación 111 del “Hotel 999”, como el viejo teléfono de la desaparecida compañía Telecom, la música vive en las entrañas del día y en los abrazos ardientes de la noche. La música es la ciudad misma, que te corteja con trazos de enamoramiento y te encandila con los colores morenos de las pieles de sus mujeres altaneras y hermosas. La música en Valledupar es casi todo o un todo que aniquila por mayoría absoluta.

Una señora mientras lava la ropa de Nepomuceno o de Gregorio, canta:
“Un verso bien sutil y dirigido, delicado y sensitivo, quisiera componer yo. Le ruego mi señora que comprenda, que no sé si usted se ofenda, pero es mi declaración…”, parece que su amante le dijo formalmente que la amaba y le dedicó el himno de Otto Serge.

Lo cierto es que ella parecía muy feliz y su marido todavía no sabe por qué. Un viejo con todos los años de la humanidad, bajo un sombrero alón blanco y café, y a pesar de estar reducido a una silla de ruedas que mueve difícilmente con sus brazos como remos, y acciona a través de un sistema de cadenas y piñones como una antigua bicicleta, ríe con su único diente de oro y cuenta:
“Que lo que ella adoraba, ya está allá arriba en el cielo”. Tal vez su gastada memoria recuerda a su primera novia o a la mamá que alguna vez tuvo por allá en 1948 cuando las balas rompieron el corazón de Gaitán y de Colombia, con la misma violencia que parece consuetudinaria en esta bella nación.


Diomedes Díaz, el filósofo de La Junta en La Guajira, muy cerquitica de Valledupar decía:
“Porque en la vida hay cosas del alma, que valen mucho más que el dinero”. Razones de enamorado o de patrón, porque a los pobres que recorren las calles de aquí y allá, les sobra alma, pero les falta mucho dinero, al menos para lograr sobrevivir. Todo eso hace parte del folklore que hoy dejamos atrás. Los monumentos de la ciudad parecen contarnos las historias y decirnos con el tiempo de las despedidas que el retorno podría darse en cualquier momento.


Los acordeoneros de leyenda como José María Ramos, Rafael Salas, Elberto López, Raúl Martínez, Eliécer Ochoa, Julio Rojas, Orangel Maestre, Egidio Cuadrado, Alberto Villa, Omar Geles, Julián Rojas, Freddy Sierra, Gonzalo “El Cocha” Molina, Álvaro López y Juan David Herrera entre otros, siguen accionando aquellos locuaces aparatos musicales, traídos desde Los Alpes europeos por los lados de Suiza donde vivió el abuelito de ‘Heidi’, la niña tierna de la novela escrita por Johanna Spyri o desde Baviera, en el sur de Alemania. La música y Valledupar, unión indeleble y perpetua.

La fiesta del deporte

Definitivamente, el deporte se hizo leyenda, en estos XIX Juegos Deportivos Bolivarianos. La fiesta y las celebraciones de los colombianos, venezolanos, chilenos y peruanos, se vivieron en cada rincón donde los treinta y tres deportes, que tuvieron 54 eventos diversos, fueron ruidosas, clamorosas y coloridas. Con el lleno total de los nuevos escenarios que le quedaron a la ciudad como real patrimonio, el público respiró deporte y fiesta por más de diez días, en un reconocido esfuerzo del Estado Colombiano, del Comité Olímpico Colombiano y de la alcaldía del señor Mello Castro González. Todos , incluyendo más de 3.000 voluntarios, estuvieron unidos en pos de un certamen que le dio a la ciudad y a la región una severa reactivación económica, y el legado de unos soberbios escenarios que ojalá la ciudadanía y las administraciones venideras, sepan cuidar y mantener.
El técnico de esgrima de Venezuela, Enrique Da Silva lo dijo sabiamente: “En el deporte son más las veces que vas a perder que las dónde vas a ganar, pero siempre habrá que aprender de todas las experiencias de la vida”. Mientras el speaker oficial del novedoso 3 x 3 de baloncesto, capaz de lucir una corbata color canario bajo el ampuloso sol de las tres de la tarde afirmaba por su sonido tridimensional:
“Los deportistas no siempre son vencedores, pero al participar, todos son ganadores. He ahí la diferencia”. Filósofos de la vida, de la eternidad y de las competencias.
Las caras del múltiple campeón colombiano de gimnasia Andrés Felipe Martínez Moreno con sus cinco preseas doradas. De la peruana Inés Lucía Castillo con cuatro medallas de oro en el bádminton. De la chilena Christina Hostetter con dos medallas doradas en remo, de la esgrimista venezolana Elvismar Rodríguez e incluso, aquella medalla en el rincón del olvido para muchos, y que duró más de una semana como la única lograda por la tierna representación de Bolivia, con su karateca Nicolás Fernando Barrón Arispe en la modalidad de Kumite (‘entrelazar las manos’ significa en japonés), sirvieron para movilizar los himnos, las banderas, los pendones, las ceremonias oficiales, las medallas, los peluches de ‘Guatapí’ la mascota oficial de los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos y los aplausos como aves migratorias, cayendo de todas partes. Todo ese colorido y esa fiesta, aún retumba por toda la ciudad.

En el infierno en un traje

‘Guatapí’

Los intensos soles de la tarde que derriten hasta los monumentos de “La María Mulata” (recuerdo mucho a alguien) y aquel de “La pelea de gallos” tan tradicionales acá, nos llevaron a sudar soles en la intensidad de las jornadas para el cubrimiento de estas justas deportivas. Los grados centígrados, a veces cercanos a los cuarenta, nos pusieron a las puertas del infierno. Pero viendo el trabajo y el accionar de Julio César Altamar, un señor de cuarenta años, con piel de trigo y poco cabello, oriundo del barrio ‘Nuevo Horizonte’ de la capital del Cesar, y embutido en ese gigantesco traje de la mascota oficial de los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos, llamada ‘Guatapí’, todo lo que uno se quejara o dijera del calor, era apenas un lamento sin sustento real. Bajo una espesa capa de paño, el hombre era capaz de moverse, ir y venir con unos descomunales zapatos azules, llevar la pesada cabeza del muñeco que representaba a las iguanas de colores, tan tradicionales en esta región; además bailar y prestarse sin chistar ni una vez, para cientos y miles de fotografías con los niños o los padres. Para mí, Altamar, fue el gran héroe de estos Juegos con su labor decididamente social. De verdad que ganarse la vida para algunos, es mucho más que un reto de la ley de gravedad. Impresionante el trabajo de la mascota oficial de XIX Juegos Deportivos Bolivarianos, que fue nombrada en honor al río Guatapurí, donde está la estatua de la leyenda de Diomedes Díaz, que reza así:
“Si un hombre se fotografía al lado de Diomedes, y es soltero, se casará. Si una mujer se sienta en las piernas de la estatua de Diomedes, quedará en embarazo sin duda alguna” o aquella del río y la sirena, que también una señora Evangelina Donoso, me enseñó:
“¡Seño!, báñese en el río para que vuelva. Porque todo aquel que se baña en las aguas del Guatapurí, algún día regresa a Valledupar. No tenga dudas”.
‘Guatapí’, la mascota oficial, fue un homenaje a la diversidad y a la naturaleza que debemos conservar y proteger antes de que el planeta estalle.

Se dice adiós

“Se dice adiós, nunca hasta luego” en otro canto vallenato. La ciudad se apaga lentamente, con escarnio y pereza, y los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos se cierran. Bajan sus persianas coloridas, se acaba todo y entonces quedan solamente, las anécdotas y los recuerdos. Nuestra memoria reciclará momentos de eternidad junto a los nuevos amigos, los colegas de profesión y las hermosas mujeres como la pelirroja aquella o Andrea, María Eloísa, Johanna, Carolina, la muchacha Ferrer, Ingrid, Celeste, María José, Elvismar, Valentina y tantas otras. El deporte siempre será una fiesta, es eternidad y vida, y sobre todo, en Valledupar durante todos estos días, “EL DEPORTE SE HIZO LEYENDA”.

Crónicas

Por :Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

El Rey Vallenato y célebre compositor, Omar Antonio Geles Suárez, ha tenido una vida llena de triunfos en su carrera musical, aunque al comienzo las dificultades eran el pan de cada día, pero su mamá ‘La Vieja’ Hilda Suárez Castilla, fue la gran heroína que le puso el pecho a la brisa y batallando sacó adelante a su familia.

Un recuento de esa historia la contó el propio Omar en la canción ‘Los caminos de la vida’, esos que no son como se piensa o se cree. Logró hacer una clara descripción de todos los padecimientos que sufrieron, pero con el paso del tiempo se anexaron muchas alegrías que fueron vitales para cantar victoria.

En constantes diálogos con Omar Geles sobre la variedad de sus cantos, hizo énfasis en uno que tiene una pesada carga de mentiras y que lleva por nombre ‘Que vaina tan difícil’, grabado por Diomedes Díaz con Álvaro López en el año 2013.

“Yo puedo soportar 20 días de hambre, un año sin plata, un día sin aire. Yo puedo caminar con el sol caliente, a pie descalzo del Valle a Barranquilla sin importarme”

Hipérboles de amor:

A Diomedes Díaz le llamaron la atención esas mentiras, porque tenían el encanto que ponía en línea recta a los corazones. De igual manera, a Omar Geles le causó curiosidad el comentario de las famosas mentiras llevadas a una canción, pero el compositor Rosendo Romero, quien estaba escuchando la charla, intervino para precisar. “Eso no se llama mentiras, sino hipérboles”.

Enseguida comenzó su clase de español, o como lo aseveró él mismo “de castellano”, haciendo un resumen del significado de esa palabra. “Según la lengua castellana, Hipérbole es una figura retórica de pensamiento que consiste en aumentar o disminuir de forma exagerada lo que se dice”. Se arregló el sombrero, y más serio aún indicó que muchos sin conocer la palabra lo hacen a diario, aunque lo más fácil es decirles mentiras. Al maestro ‘Chendo’ se le aplaudió la exposición.

Hipérboles amorosas:

“Ay, puedo sobrevivir a las calumnias, a los envidiosos, a un mal amigo. Yo puedo perdonar al que me roba y me maldice, haciéndole el bien sin importarme”…. Por amor, el compositor se volvió protagonista de una interesante novela cantada, donde derramó su corazón para exaltar a una mujer, ese motivo especial que hace brotar la mejor nota en el pentagrama del sentimiento.

Precisamente, cuando letra a letra la crónica se estaba armando, mi hijo menor, Juan Miguel Rincón Ferrer, quien se encontraba a mi lado leyendo las frases que iban resucitando en la pantalla del computador, manifestó: “Papá, es cierto, eso se llama Hipérbole. A mí me pusieron en el colegio una tarea, y escribí: “Con mi mamá, me armé de coraje y juntos nos saltamos las páginas de un libro”. Enseguida, soltó soberana carcajada.

Mentiras, exageraciones o hipérboles, lo mejor es que podemos traer a colación el título de la canción: ‘Que vaina tan difícil’… “Pero vaina difícil es vivir sin ti, mi corazón lo tengo acostumbrado a ti”, toda una declaración amorosa, así las mentiras floten en el ambiente y se conviertan en hipérboles, donde una mirada puede desencadenar en aquello que llaman pasión.

Cantos del día a día:

En esa charla extensa con Omar Geles, él aprovechó para contar ciertas historias de sus canciones que son un verdadero testamento escondido en su alma, y al pasar a su memoria se cantan en silencio. Ese silencio que nadie puede interrumpir porque de inmediato huye la inspiración.

De inmediato entregó su concepto. “Todas las canciones que hago tienen su origen en la realidad. Algunas veces, demoran guardadas por la cantidad que hago, pero otras salen con tanta fuerza que no se detienen. Todo se debe a la pasión que tengo por la música y eso es vital para vencer los obstáculos que han sido muchos, pero siempre agarrado de la mano de Dios”.

Volvió a hacer énfasis en la canción ‘Que vaina tan difícil’ y anotó. “Después de vivir un episodio de amor, me dí cuenta que el corazón estaba en el lugar indicado. Había que hacer una canción y se me ocurrió echar esas mentiras como dice Juan Rincón. Compuse esa canción hermosa, que no más se la hice escuchar a Diomedes Díaz se quedó con ella, y la convirtió en éxito al lado de Alvarito López”.

“Toque el acordeón”:

En la mencionada charla se tocó el tema de la discusión sostenida con Diomedes Díaz, en una presentación en el año 2005, donde ‘El Cacique de La Junta’ lo mandó a tocar el acordeón, y no a cantar como Omar quería.

Ese memorable episodio quedó en el anecdotario, porque después vino el reconcilio y todo quedó atrás. De esa manera, Omar Geles le entregó varias canciones que se convirtieron en éxito. “Eso fue algo que no debió pasar, pero después hablamos, nos abrazamos y volvimos a tener esa amistad sincera”, recordó el cantautor.

Precisamente, trayendo a su memoria aquel altercado sucedido,  en el año 2021 Omar Geles grabó al lado de Rolando Ochoa la canción de su autoría, ‘Toque el acordeón’, donde se recrea una parranda exaltando a Diomedes Díaz como ‘El papá de los pollitos’. Además, se repite el famoso verso: “Como Diomedes no hay otro, ese nunca nacería, y si nace no se cría y sí se cría se vuelve loco”. Y le añadió uno más: “Me dicen que loco soy, porque no tengo fortuna, pero brillo como el sol y alumbro como la luna”.

El talento de Omar Geles se encontró en los caminos de la vida con Diomedes Díaz, quien supo darle el más grande brillo a sus canciones para que se proyectaran en el universo vallenato. En ese listado están: ‘No intentes’, ‘La falla fue tuya’, ‘Pueda ser que no me extrañes’, ‘Con mucho gusto’ y ‘Que vaina tan difícil’, donde pocas veces las mentiras de un enamorado se convirtieron en éxito, logrando que el sentimiento se expresara envuelto en canto. Hoy, todo es historia plasmada en los recuerdos del ayer y con la verdad escrita.

Omar Antonio Geles Suárez al final citó el Salmo 126, versículo cinco, donde se calca toda su historia, pero sin mentiras: “El que siembra entre lágrimas, recogerá sus frutos con gritos de alegría”.

Crónicas Generales

Cuando en Valledupar se escucha el nombre de Jaime Olivella Celedón, todos lo asocian con el carnaval, no en vano este vallenato raizal se convirtió en ícono  de esta fiesta, la organizó, la promocionó y viviò su vida para ella. 

Dicharachero,  “mamador de gallo”, alegre, bailador, a Jaime no le importaban los obstáculos que se presentaban o las críticas que muchos detractores hacían en torno a que  se debían acabar los carnavales en Valledupar porque la fiesta más representativa siempre ha sido el Festival de la Leyenda Vallenata, él, defensor acérrimo de las carnestolendas, reunía a su grupo de apoyo que siempre lo acompañó y contra todo pronóstico, cada año sacaba adelante los carnavales. Desfiles, disfraces, reinas, bailes populares,  rumba, maicena y licor pero ante todo, alegría, entusiasmo, cultura y tradición, han sido durante todos estos años los protagonistas de los carnavales en la capital del Cesar, donde Olivella se convirtió en un verdadero Quijote con muchos Sanchos a su alrededor, que no permitieron la “muerte” de esta arraigada tradición folclórica  en esta ciudad, donde nació la hoy reconocida danza del Pilón, cuando en horas de la madrugada salían  bailando  en grupos tocando las puertas de las casas del viejo Valle para animar a la gente a disfrutar los carnavales. 

Hoy Valledupar  está de luto, los colores del carnaval se tiñen de negro, los carnavaleros de pura cepa se unen a su familia para despedir  a Olivella Celedòn, quien falleció  en la clínica Cardiovascular a sus 80 años. Paz en su tumba 🙏

Crónicas

Por: Hermes Francisco Daza
 
Esta hermosa población de La Peña se encuentra situada en una extensa sabana localizada al occidente de la cabecera municipal de San Juan del Cesar, sur de La Guajira y limita al norte con la Sierrita, al sur con la Sierra Nevada de Santa Marta, al occidente con el corregimiento de la Junta y al oriente con San Juan del Cesar a 14 Km. pavimentado del Centro Urbano.
Esta es una de las tierras más connotadas no solo del municipio de San Juan del Cesar, sino también del departamento de La Guajira, ya que de sus extrañas se originó el apellido Lacouture, que se encuentra difundido por toda Colombia, producto de la unión matrimonial de doña Asunción Acosta Maestre, nacida en La Peña, con don Hugues Lacouture Cevene, nacido en la ciudad de Burdeos, Francia. Esta prestigiosa familia sentò su residencia en este pueblo al lado de una enorme mole de piedra de donde se cree que de allí se deriva el nombre de “La Peña”, hoy día conocida como “La piedra de la casa vieja” . De esta unión matrimonial nacieron 8 hijos: Erasmo de los Dolores, Coralía, Juan Félix, Carlos Antonio, Alejandrina, Gregorio y Jorge Beltrán Lacouture Acosta. Los descendientes de este matrimonio dieron un buen ejemplo del trabajo, impulsando la ganadería en la región, sobre todo con el liderazgo de Don Erasmo Lacouture Acosta. Don Hugues falleció en esta población el 18 de Abril de 1876 y sus cenizas reposan en el cementerio central de San Juan del Cesar.


Algunos comentaristas atribuyen la fundación del corregimiento de La Peña a don Hugues Lacouture Cevene, pero fue don Miguel Jerónimo Daza Maestre, quien primero decide posesionarse en este lugar a finales de la centuria que se inicia en el 1.700 al contraer matrimonio en primera instancia con doña María Jacinta Daza. Pero quienes desarrollaron el pueblo fueron los Lacouture con el establecimiento de grandes hatos de ganado vacuno, caballar, asnal y la cría de innumerables ovinos y caprinos. En el presente siglo XXI, el corregimiento de La Peña se encuentra en su estructura organizacional formado por calles y carreras, con cuatro gigantescas plazoletas que le dan atracción turística a los visitantes, dotado de algunos servicios públicos como acueducto, alcantarillado, luz eléctrica, centro de salud y educación básica primaria. No obstante, las nuevas familias de la localidad se han preocupado por la educación de sus hijos resaltándose una serie de profesionales en la medicina, como el Doctor Dandy José Mendoza Cuello, especialista en Otorrinolaringología, los médicos Harol Mendoza Cuello, Emilia Sofía Mendoza, entre otros.
Otros periodistas como Luis Mendoza Sierra, Noralma Peralta Mendoza, Carlos Cataño Iguarán, eminentes abogados como: Enrique Cataño Iguarán, esto sin mencionar a un sin número de profesionales en la rama de la educación.
La Peña deriva su principal fuente económica de la cría de ganado ovino, bovino y caprino, de igual manera de la agricultura de pancoger, teniendo en cuenta que cultiva patilla, maíz, fique, yuca y melón.
Sus principales sitios de interés son: el parque forestal, el paradero turístico el salto, la piedra de los platos, la piedra de la casa vieja, cerro de la teta, pico del viejo Diego, Cerro de las Palomas, para los atardeceres la resplandeciente Sierra Nevada de gran atracción.


Hace 34 años se viene realizando en La Peña, el tradicional Festival Ecológico y Cultural de la Patilla, producto de la creación del especialista en pedagogía de la Recreación Ambiental, profesor Juan Carlos Moscote Mendoza, quien idealizó estas festividades para resaltar la laboriosidad de los agricultores de la región y atraer a propios y visitantes en el desarrollo de este evento que cada año cobra mayor relevancia .
Este año se está realizando desde el 1 al 3 de Julio de 2022, con el desarrollo de los concursos de la mejor patilla, comilòn de patilla, mejor obra artesanal, canción inédita vallenata, piqueria, carreras a caballo, encuentro deportivos, y artesanales.
Ven y visita La Peña, sede única del Festival Ecológico y Cultural de la Patilla.