Opinión

El Cuento de Pedro: “Muere una flor”

Por: PEDRO NORBERTO CASTRO ARAUJO


En las calurosas y nostálgicas tardes de Cartagena, entre pasillos universitarios llenos de libros de medicina, estetoscopios y sueños compartidos, caminaban tres amigos inseparables. Uno de ellos era Fernando, un joven de alma bohemia y pluma fina, que encontraba en la poesía la cura para cualquier dolor; los otros dos eran compañeros de bancada y de vida: él, un muchacho apuesto y de sonrisa magnética; ella, una mujer de mirada noble, recatada y de principios firmes.
El destino los había cruzado desde su natal provincia en el Cesar, y el cariño entre los tres se había convertido en un lazo de acero. Fernando observaba de cerca cómo su amigo, a pesar de las distracciones de la juventud, sentía un amor devoto y sincero por ella. Sin embargo, la época imponía sus propias reglas: ella, con una convicción inquebrantable, repetía que las páginas del amor verdadero debían abrirse en orden. No habría entrega física hasta que las campanas de la iglesia sellaran su unión ante los ojos de todos.
Los años pasaron como un suspiro de acordeón. Título en mano, la promesa de amor se cumplió y el altar los vio dar el “sí” definitivo. Fernando, testigo y cómplice de aquel idilio, celebró la boda con el alma llena de alegría.
Pero los jardines más frágiles a veces no soportan las tormentas repentinas. Apenas quince días después de haber jurado amor eterno, el matrimonio se desmoronó por completo. La ilusión se quebró, la pareja se separó y el silencio invadió el hogar que apenas comenzaba a florecer.
Para Fernando, que vivió el dolor ajeno como si fuera propio, ver a su entrañable amiga con las manos vacías y el corazón roto fue un golpe desgarrador. En su mente, la imagen de ella comenzó a transformarse en verso. La comparaba con una canción silbada por el viento que se tropieza con la montaña de la incomprensión, o con un sirio de iglesia que se consume en su propio calor. Pensaba en cómo aquel corto matrimonio y esa primera entrega de amor se parecían al rocío de la mañana que besa una flor, solo para marchitarle los pétalos y cambiarle el firmamento entero.

De esa tristeza honda, donde la poesía y el dolor se abrazan, nació la canción. Fernando tomó su dolor, lo convirtió en notas vallenatas y se las entregó a Rafael Orozco e Israel Romero y la agrupación Binomio de Oro la interpretó exitosamente para que el mundo entero supiera lo que pasa cuando una ilusión se apaga demasiado pronto.


El tiempo, sabio y silencioso, sanó algunas heridas. De aquel amor efímero nació una hermosa niña que años más tarde llevaría con orgullo la corona del Cesar y el cariño eterno del maestro compositor Fernando Meneses Romero, hoy su ahijada. La vida continuó su marcha, pero en cada acorde nostálgica de acordeón, quedó flotando el eco eterno de aquella historia: la prueba fiel de que, a veces, para que nazca la poesía más hermosa, primero muere una flor.

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