La panela mordía
EL CUENTO DE PEPE
Esta historia comienza cuando Patricio Villero, alguien muy emprendedor, inteligente y arrojado, resolvió meterse a la política, creyendo que tenía posibilidades de ser elegido como aspirante al Congreso.
Le tocó recorrer punto por punto todo un departamento que no conocía, buscarse nuevos amigos y desbordar simpatía en cada lugar que llegaba. Había sido un hombre hogareño, disciplinado, aun cuando la política hace caminar a algunos por el camino no pensado, especialmente cuando por la situación misma se va convirtiendo lentamente en el ídolo de las multitudes y es deseado por infinidad de electoras, que buscan relaciones a veces fugaces o prácticas y otras tienen lugar porque ellas están sinceramente enamoradas.
Todo esto le pasó a Patricio, mientras, visitando de casa en casa, caminoteaba por los callejones de la Purrututú y Concha Moreno. Por ejemplo, en la casa de una señora llamada Petra, reinaba verdadero entusiasmo por su aspiración política. Entre ellas se encontraba Maritza, una hermosa morena de grandes y lindos ojos, muy bien proporcionada, quien complacida con su llegada le mostró los afiches que había pegado en la pared, entusiasmada con su campaña. Tan sólo con mirarla, le notó la debilidad amorosa que él le había estimulado, sacudiendo así años de sumisión; comprendió que iba por buen camino, y la invitó a contar con su presencia en premanifestaciones más grandes que tendrían lugar en los otros barrios de la ciudad, las cuales eran amenizadas por grupos que tocaban música con instrumentos de viento, con conjuntos de acordeón famosos, eventos que finalizaban en baile que se prolongaba hasta altas horas de la noche. Ella había resultado ser una incansable bailadora. Del amacice en el baile, pasaron a los discretos, pero lo que él buscaba, y que creía conseguir con facilidad, no lo coronó porque Maritza le resultó una pareja bien criada, que cuidaba su honor.
En la política le fue bien, al ser elegido y entre los festejos que realizó por su triunfo, uno de ellos tuvo lugar en el callejón de Concha Moreno, allí ella, amorosa, ya se sentía la mujer del señor parlamentario, aun cuando en realidad sus relaciones personales no pasaban de ser coqueteos inconclusos.
Ante esta circunstancia Patricio se alejó discretamente y encaminó sus esfuerzos a conocer más sobre el triunfo obtenido, a recibir amigos y felicitaciones en su casa, en la cual las mujeres casi no daban a vasto repartiendo café, así como bandejas con bollo limpio y pedazos de queso blanco, chicharrones, dulce de Atánquez y almojábanas, comida compartida con una multitud que se sentía con el derecho de agotar a las muchachas del servicio, las cuales no descansaban en todo el día. Sus nuevos amigos se fueron poniendo pesados mientras transcurría el agasajo, y Goyita Merino, instaló una manguera y cuando alguien quiso repetir agua, le mostró la manguera y le dijo: “Despáchate tu mismo pa’ ve si te jartai”.
Al mes de haber pasado las elecciones, las cosas se fueron tranquilizando, aunque en la calle una corte de electores rodeaba a Patricio pidiéndole ayuda, y por este motivo cargaba una pequeña libreta, en la que anotaba las aspiraciones de tantos y tantos. Parece mentira, pero la mayoría quería ser guarda de renta o policía de tránsito; otros le seguían presentando fórmulas médicas que tenían más de un año de ser recetadas, para enfermos que Patricio sabía no se habían curado, y estaban muertos desde hace tiempo. Era una de las malas costumbres de la política.
Una tarde en que Patricio caminoteaba por los lados de la alcaldía en la plaza Alfonso López, se encontró de casualidad con Maritza, quien le reclamó su larga ausencia e indiferencia. Él, ladino y avispado, la requirió a su vez, por sus permanentes negativas a complacerlo. Entonces ella queriendo darle seriedad al asunto le dijo:
—¿Por qué no hablas de esto con mi papá?
Al verla se le alborotaron los instintos, y le contestó:
—Si me complaces hablo con tu papá y hasta con el papa en Roma.
Acto seguido se pusieron de acuerdo, para que Patricio visitara su casa en el pueblo vecino el sábado próximo, donde ella lo esperaría con sus padres.
Ese sábado, con unos cuantos amigos y su guardaespaldas, partió Patricio para el pueblo, donde lo esperaba Maritza en su casa, elegantemente vestida, repartiendo sonrisas por doquier. Primero, atendieron la visita con un agradable café y luego, cuando ya era la una de la tarde, se trasladaron a la sombra de un hermoso árbol que estaba ubicado en medio del patio, y allí en dos asientos muy cerca uno del otro, conversaron como novios oficialmente aceptados, mientras los amigos de Patricio coqueteaban con las amigas de Maritza.
Al poco se oyó cómo le torcían el pescuezo a varias gallinas y como por encanto apareció una botella de aguardiente Antioqueño.
Más o menos a las dos de la tarde, cuando el sitio era refrescado por las brisas del nordeste, se apareció Bartolo, el papá de Maritza, que llegaba sudoroso del trabajo con una mochila con yuca. Inmediatamente Yolanda corrió a atender al marido, sacándole ropa limpia del baúl, y éste, después de limpiarse con una toalla humedecida con agua, Bay Rum y aplicarse Yodora debajo del brazo, salió a saludar a Patricio, a quien invitó a la sala para que conversaran.
Por culpa de la política Patricio se había vuelto conchudo, y enfrentó la petición de mano como si fuera lo más normal del mundo, afirmándole al futuro suegro que sería buen marido con su hija y la atendería a la maravilla, queriéndola para toda la vida. Bartolo, ante la seriedad de las palabras que Patricio expresó, le respondió que en esas circunstancias no había ningún impedimento y que le complacía tener un nuero de esa categoría.
Entonces, como por arte de magia, sonaron en un picó canciones muy modernas. Maritza, con mucha personalidad y sabiéndose respaldada, invitó a su futuro marido a bailar, acompañada por todas sus amigas, que lo hacían a la vez con los amigos de Patricio y otros invitados del mismo pueblo.
La fiesta estaba muy animada, cuando Patricio autorizó a Maritza para que mandara a alguien al estanco por una caja de aguardiente. Daba gusto ver cómo los familiares y amigos del pueblo, tuteaban, y abrazaban a Patricio, el político elegido por ellos para el Congreso Nacional.
Como a las cuatro de la tarde en una larga mesa en el patio, se sirvió un sabroso almuerzo de gallina criolla en sancocho y guiso. Cuando finalizaron, optaron por ir a la pluma del patio para lavarse la boca, las manos y continuar el baile con más y más tragos de aguardiente. De pronto en medio de la celebración, un buen amigo de Patricio y jefe político del lugar, Bernelis Calderón, pidió la palabra y pronunció un sonoro discurso, con el cual, les deseó felicidad y amor a los novios. Después de él, quisieron hacer lo mismo otros más, porque eso de la oratoria es como una plaga en los pueblos. Otra gente que provenía del pueblo, se fue acercando al lugar de la fiesta, colmando las puertas y las ventanas, e incluso algunos de más confianza con la familia, se colaban por el portón del patio. Todos querían gozar de esa fiesta que le traería felicidad y progreso al pueblo.
Finalmente, a las nueve de la noche Patricio anunció que se retiraba, porque debía tener especial cuidado al regreso. Al salir de la casa y tomar el timón de su automóvil, la tía Petra le pidió un cupo y Maritza con la lujuria en los ojos, afirmó que ella también viajaría para la capital. A las diez de la noche, al llegar a la casa familiar, la tía Petra le afirmó a Patricio:
—Ya usted habló con el papá de Maritza, él le dio el visto bueno, así que puede proceder con ella.
Maritza, complacida, aceptó la frase de la tía, pero Patricio no iba preparado para partir con ella y proceder como hombre, que bien hombre era, por lo tanto se confundió un poco.
Pasaron los días y Patricio se enredó con la política y el gobierno, por lo que se fue alejando de Maritza, hasta que un día reclamó el suegro Bartolo al amigo Bernelis que le extrañaba que el doctor Patricio no hubiera cumplido su palabra y el amigo Bernelis al oído le contestó con mucha discreción:
—Me da pena decirles, pero parece que a su hija otro le había mordido la panela primero.
Bartolo, reflexivo, un poco asustado, le dijo:
—Cuando se vea con el doctor Patricio dígale que si eso es cierto, se siga comiendo su panela tranquilamente, que no hay problema.

